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Expedición Inca

Expedición Inca

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Expedición Inca -

Enciso fue remitido preso a España, donde llegó en Por su parte, Nicuesa, enterado de estos sucesos, partió desde Nombre de Dios hacia La Antigua, pero a la semana de su arribo fue arrestado y desposeído del mando por Balboa.

Contra su voluntad fue embarcado en , rumbo a La Española, pero no se supo más de él. Debió de morir durante el trayecto en el mar. Fue así como Balboa se convirtió en el único caudillo de los colonos de Tierra Firme. Fue también el primero en recibir noticias de un fabuloso imperio situado más al sur, por el lado donde se abría un inmenso mar.

Las crónicas cuentan que, en una ocasión, estando un grupo de españoles riñendo por una pequeña cantidad de oro, se alzó la voz de Panquiaco, el hijo del cacique Comagre, quien les increpó:.

Y al decir esto señaló hacia el sur, añadiendo que allí había un mar. Balboa tomó muy en serio la información y organizó una expedición que partió de La Antigua con dirección al oeste. Tras cruzar el istmo en medio de una penosa travesía, el 25 de septiembre de avistó un gran mar, al que denominó Mar del Sur , que no era otro que el Océano Pacífico.

Fue este un momento crucial para la historia de la conquista del Perú, pues a partir de entonces la meta de los españoles fue avanzar más hacia las costas meridionales, en busca del imperio rico en oro mencionado por Panquiaco.

Fue así como el istmo de Panamá quedó convertido de hecho en el nudo de la conquista y colonización de América del Sur. Para tal efecto empezó a construir una flota. Pero no llegó a cristalizar este proyecto pues sucumbió ante las intrigas que urdieron contra él sus enemigos desde España.

En efecto, el depuesto bachiller Enciso, al arribar a España presentó su queja ante el rey, sosteniendo que Balboa no había tenido facultad para deponerlo como alcalde. La Corona, haciéndose eco de los reclamos de Enciso, nombró a Pedro Arias Dávila o Pedrarias como gobernador de las nuevas tierras conquistadas.

Este arribó al mando de una expedición de más de hombres, la más numerosa y completa que había salido de España para el Nuevo Mundo. Pedrarias, hombre sanguinario y astuto, buscó la manera de eliminar a Balboa; finalmente, lo acusó de conspiración y ordenó su apresamiento. Esta orden la cumplió un piquete al mando de Pizarro.

Balboa fue llevado de regreso a La Antigua, donde Pedrarias y el alcalde Gaspar de Espinoza aceleraron su juicio, siendo condenado a muerte y decapitado en Acla Pedrarias dedujo la gran importancia que tendría la Mar del Sur u Océano Pacífico para los futuros descubrimientos y conquistas, y decidió trasladar la sede de su gobernación a Panamá , que fundó para tal efecto el 15 de agosto de A partir de entonces, esta villa, que obtuvo el título real de ciudad en , vino a ser la llave de comunicaciones con el Pacífico y la puerta por donde se entraría al Perú.

Las noticias de la existencia de un imperio con enormes riquezas en oro y plata , influyó sin duda en el ánimo de los aventureros españoles y aportó el ingrediente decisivo para la preparación de expediciones hacia esos rumbos. En Pascual de Andagoya fue el primero en intentar realizar esta empresa, pero su expedición terminó en un estrepitoso fracaso.

Fue precisamente a partir de Andagoya que las tierras situadas más al sur del Golfo de San Miguel sureste de Panamá se denominaron Birú palabra que después se convertiría en Perú.

Hacia , el conquistador extremeño Francisco Pizarro radicaba en Panamá como un vecino más o menos acomodado, como todos los residentes españoles en Panamá. Empezó a entenderse con su más cercano amigo, el capitán Diego de Almagro , sobre la posibilidad de organizar una expedición hacia el tan mentado Birú.

Ambos eran rudos y curtidos soldados con experiencia en la conquista de Tierra Firme. La sociedad se concretó en , sumándose un tercer socio, el cura Hernando de Luque , quien debía aportar el dinero necesario para la empresa.

Se repartieron las responsabilidades de la expedición: Pizarro la comandaría, Almagro se encargaría del abastecimiento militar y de alimentos y Luque se encargaría de las finanzas y de la provisión de ayuda.

Se convino en que todas las utilidades se dividirían en tres partes iguales para cada socio o sus herederos, y que ninguno tendría más ventaja que otro. El análisis histórico se inclina a creer que Pizarro poseía una fortuna modesta, porque para emprender la aventura, él y Almagro tuvieron que asociarse con un cura influyente, Hernando de Luque , que a la sazón era párroco de Panamá.

Se menciona a un cuarto "socio oculto": el licenciado Gaspar de Espinosa, que no quiso figurar públicamente, pero que fue el verdadero financista de las expediciones, usando como testaferro a Luque y aportando Solo posteriormente, iniciada ya la conquista física del Perú, Pizarro tomaría decisiones de campaña o sobre acciones militares y administrativas, prerrogativas de su cargo de gobernador de Nueva Castilla, concedido por la corona española a través de la Capitulación de Toledo , firmada en Conseguida la autorización del gobernador Pedrarias Dávila, el 14 de noviembre de dato de Jerez partió Pizarro de Panamá a bordo de un pequeño bergantín, el Santiago , con cerca de 80 hombres, algunos indios nicaraguas de servicio y cuatro caballos.

El mismo Pizarro sufrió siete heridas. La hostilidad de los indios y la insalubridad de la zona obligaron a Pizarro a enrumbar de vuelta hacia el norte, arribando nuevamente a las costas de Chochama. Por su parte, Almagro, que ya había partido de Panamá en un bergantín con 60 hombres, debió cruzarse con Pizarro en alta mar, aunque no se llegaron a avistar.

Siguiendo el rastro de Pizarro, Almagro desembarcó en Pueblo Quemado, donde igualmente libró un feroz combate con los indios, perdiendo un ojo a consecuencia de un lanzazo o un flechazo.

Almagro decidió continuar más al sur, llegando hasta el río San Juan, pero no halló a su socio y decidió regresar a la isla de Perlas, donde se enteró de los trajines de Pizarro.

Partió entonces a encontrarse con su socio en Chochama. Pizarro, interesado en continuar con la empresa, ordenó a Almagro que dejara allí a sus soldados y que retornara él solo a Panamá para reparar los dos navíos y juntar más gente. En Panamá, el gobernador Pedrarias culpó del fracaso de la expedición y de la pérdida de vidas españolas a Pizarro.

Ello motivó a que Almagro y Luque intercedieran por Pizarro ante el gobernador, logrando aplacar por el momento la tensa situación. Pedrarias autorizó, no sin recelos, la continuación de la empresa.

De pasada, Almagro logró el nombramiento de capitán adjunto. Antes de emprender un segundo viaje, los tres socios formalizaron su sociedad ante un notario de Panamá, en las mismas condiciones en que verbalmente la habían conformado. A este acuerdo escrito se conoce como el Contrato de Panamá , que se suscribió el 10 de marzo de Sin embargo, hay discrepancias en cuanto a la fecha, pues por entonces, Pizarro todavía no regresaba a Panamá.

En diciembre de , Almagro partió de Panamá, llevando dos navíos, el Santiago y el San Cristóbal , a bordo de los cuales iban soldados, entre ellos dos grandes adquisiciones: el piloto Bartolomé Ruiz y el artillero griego Pedro de Candía. Estos habían quedado reducidos a 50; reunidos con los hombres traídos por Almagro, llegaron a A principios de , Pizarro y Almagro, junto con sus hombres, se hicieron nuevamente a la mar.

Siguieron la ruta anterior hasta llegar al río San Juan, donde fue enviado Almagro de regreso a Panamá en busca de refuerzos y provisiones; de otro lado, el piloto Bartolomé Ruiz fue enviado hacia el sur a fin de que explorase esas regiones. Ruiz avistó la isla del Gallo, la bahía de San Mateo, Atacames y Coaque; a la altura de esta última se tropezó con una balsa de indios tumbesinos que iban a comerciar, según parece, a Panamá.

Ruiz tomó algunas de las mercaderías: objetos de oro y plata, tejidos de algodón, frutas y víveres, y retuvo a tres muchachos indios, que los llevó consigo para prepararlos como intérpretes. Luego enrumbó al norte, de vuelta al río San Juan, donde le esperaba Pizarro.

Mientras que Almagro estaba en Panamá y Ruiz navegaba el océano, Pizarro se dedicó a explorar el río San Juan, sus brazos y afluentes. Muchos de sus hombres murieron a consecuencia de las enfermedades y otros fueron devorados por los caimanes.

Cuando finalmente arribó Almagro, con 30 hombres y seis cabalgaduras, todos se embarcaron y enrumbaron hacia el sur. Pasaron por la isla del Gallo y luego por la boca del río Santiago.

A continuación, se adentraron en la bahía de San Mateo. Viendo que la costa era muy segura y sin manglares, saltaron todos a tierra, incluyendo los caballos y se dedicaron a explorar la región.

Habían arribado a la boca del río Esmeraldas, donde vieron ocho canoas grandes, tripuladas por indígenas. Continuando su marcha, llegaron hasta el poblado de Atacames , donde sostuvieron un combate o guazábara con los nativos.

Allí encontraron comida y vieron que los indígenas llevaban algunas joyas de oro. Nada menos que unos españoles habían fallecido hasta ese momento, desde que empezaran los viajes de Pizarro.

Ella se originó cuando Almagro reprendió severamente a los soldados que querían volver a Panamá, calificándoles de cobardes, ante lo cual reaccionó Pizarro defendiendo a sus hombres, pues él también había sufrido con ellos.

Ambos capitanes fueron a las palabras mayores, llegando hasta a sacar sus espadas, y se hubieran batido en duelo si no fuese porque Bartolomé Ruiz, Nicolás de Ribera y otros lograron separarlos y avenirlos en conciliación. Calmados los ánimos, los expedicionarios retrocedieron hasta el río Santiago, que los nativos llamaban Tempulla.

Mientras tanto, continuaban las penalidades entre los soldados, traducidas en enfermedades y muertes. Finalmente, buscando un lugar más propicio, Pizarro y Almagro decidieron pasar a la isla del Gallo, donde llegaron en mayo de Se acordó que, nuevamente, Almagro debería volver con un navío a Panamá a traer nuevos contingentes.

Pizarro y Almagro solían tener mucho cuidado de que no llegaran a Panamá las cartas que los soldados enviaban a sus familiares, para evitar que las quejas de estos fueran conocidas por las autoridades. Informado así de los padecimientos de los expedicionarios, el gobernador impidió la salida de Almagro con nuevos auxilios y, por el contrario, envió un barco al mando del capitán Juan Tafur para que recogiese a Pizarro y sus acompañantes, que se hallaban en la isla del Gallo.

Ciertamente, el descontento entre los soldados de Pizarro era muy grande, pues llevaban mucho tiempo pasando calamidades. Habían transcurrido dos años y medio de viajes hacia el sur afrontando toda clase de peligros y calamidades, sin conseguir ningún resultado. Pizarro intentó convencer a sus hombres para que siguieran adelante, sin embargo la mayoría de ellos quería desertar y regresar a Panamá.

Eran en total 80 los hombres que se hallaban en la isla del Gallo, todos flacos y macilentos, de los cuales 20 ni podían ya mantenerse en pie. Tafur llegó a la isla del Gallo en agosto de , en medio de la alegría de los hombres de Pizarro, que veían así finalizado sus sufrimientos.

Fue en ese momento cuando se produjo la acción épica de Pizarro, de trazar con su espada una raya en las arenas de la isla exhortando a sus hombres a decidir entre seguir o no en la expedición descubridora. Tan solo cruzaron la línea trece hombres.

Sobre la escena que se vivió en la Isla del Gallo, luego que Juan Tafur le trasmitiera a Pizarro la orden del gobernador Pedro de los Ríos, cuenta el historiador José Antonio del Busto :. El navío encontró a Pizarro y los suyos en la isla Gorgona , situada más al norte de la isla del Gallo , hambrientos y acosados por los indios.

Estos quedaron al cuidado de unos indios de servicio. El tesón indoblegable de Pizarro daría sus frutos. Los expedicionarios llegaron hasta las playas de Tumbes extremo norte del actual Perú , la primera ciudad incaica que divisaban.

Allí, un orejón o noble inca se les acercó en una balsa, siendo recibido cortésmente por Pizarro. El noble invitó a Pizarro a que desembarcase para que visitara a Chilimasa, el cacique tallán de la ciudad de Tumbes, que era tributario del Imperio Inca.

Pizarro ordenó a Alonso de Molina que desembarcara con un esclavo negro y llevara como obsequios para el cacique un par de puercos y unas gallinas, todo lo cual causó gran impresión entre los indígenas.

Los indios acogieron hospitalariamente a Candía, dejándole que visitara los principales edificios de la ciudad: el Templo del Sol, el Acllahuasi o casa de las escogidas y la Pucara o fortaleza, donde el griego apreció los ricos ornamentos de oro y plata.

Luego, sobre un paño Candía trazó el plano de la ciudad, y posteriormente escribió una relación, hoy perdida. De vuelta donde sus compañeros, relató su experiencia, afirmando que Tumbes era una gran ciudad construida a base de piedra, todo lo cual causó asombro y alentó más a continuar en la empresa conquistadora.

Pizarro ordenó continuar la exploración más hacia el sur, recorriendo las costas de los actuales departamentos peruanos de Piura , Lambayeque y La Libertad , hasta la desembocadura del río Santa 13 de mayo de En algún punto de la costa piurana posiblemente en Sechura , se entrevistó con la cacica lugareña, de la etnia de los tallanes , a la que los españoles dieron el nombre de Capullana , por la forma de su vestido.

Durante el banquete con el que le agasajó la Capullana, Pizarro aprovechó para tomar posesión del lugar a nombre de la Corona de Castilla. Se dice que uno de los Trece de la Fama, Pedro de Halcón, se enamoró locamente de la Capullana y quiso quedarse en tierra, pero sus compañeros lo subieron a la fuerza al navío y zarparon todos.

Ya en viaje de retorno a Panamá, Pizarro recaló nuevamente en Tumbes, donde el soldado Alonso de Molina obtuvo permiso para quedarse entre los indios, confiado en las muestras de hospitalidad que daban estos.

Pizarro continuó su viaje de retorno a Panamá; al pasar por la isla Gorgona, recogió a los tres expedicionarios que había dejado recuperándose de sus males, pero se enteró de que uno de ellos, Gonzalo Martín de Trujillo, había fallecido.

Ante la negativa del gobernador De los Ríos de otorgar permiso para un nuevo viaje, los socios Pizarro, Almagro y Luque acordaron gestionar este permiso ante la misma corte.

De mutuo acuerdo designaron a Pizarro como el procurador o mensajero que expusiera la petición directamente al rey Carlos I de España. Almagro no quiso acompañar a Pizarro, ya que creía que su falta de modales y el hecho de ser tuerto podrían de alguna manera afectar negativamente al éxito de las negociaciones, decisión de la que se arrepentiría posteriormente, ya que Pizarro lograría grandes ventajas para sí mismo, en desmedro de sus socios, pese a que antes de partir prometió velar por los intereses de cada uno de ellos.

Pizarro salió de Panamá en septiembre de , cruzó el istmo y llegó a Nombre de Dios, en donde se embarcó rumbo a España, haciendo una escala en Santo Domingo isla de La Española.

Le acompañaban el griego Pedro de Candía y el vasco Domingo de Soraluce , así como algunos indígenas tallanes de Tumbes entre ellos el intérprete Felipillo ; llevaba también consigo camélidos sudamericanos , primorosos tejidos de lana, objetos de oro y plata y otras cosas que había recogido en sus viajes, para mostrarlas al soberano español, como pruebas del descubrimiento de un gran imperio.

Después de una travesía sin contratiempos, Pizarro desembarcó en Sanlúcar de Barrameda y arribó a Sevilla en marzo de No bien desembarcó, fue apresado por una demanda de deudas que le entabló el bachiller Martín Fernández de Enciso , por un asunto que se remontaba a los primeros trabajos de Pizarro en Tierra Firme.

Sin embargo, el rey Carlos I ordenó que lo pusieran inmediatamente en libertad. Pizarro, junto con sus acompañantes, partió hacia Toledo para entrevistarse con el monarca.

Allí se encontró con su pariente, el conquistador Hernán Cortés , ya prestigiado por la conquista de México y próximo a recibir su título de Marqués del Valle de Oaxaca , quien se dice que lo ayudó a vincularse con la Corte.

Pizarro fue recibido por Carlos I en Toledo, pero este monarca, que estaba a punto de partir a Italia , dejó el asunto en manos del Consejo de Indias.

Fue así como Francisco Pizarro terminó negociando con el Consejo de Indias, presidido entonces por el conde de Osorno, García Fernández Manrique.

Tanto Pizarro como el griego Candía expusieron ante los consejeros sus razones para que el rey diera la autorización para la conquista y población de la provincia del Perú; Candía exhibió su paño donde había dibujado el plano de la ciudad de Tumbes.

Terminada la larga negociación, los consejeros redactaron las cláusulas del contrato entre la Corona y Pizarro, que la historia conoce como la Capitulación de Toledo.

Ante la ausencia del rey Carlos I, la reina consorte Isabel de Portugal firmó el documento el 26 de julio de Como se puede ver, el gran beneficiado por esta Capitulación fue Francisco Pizarro, en desmedro de sus socios Almagro y Luque.

Pizarro aprovechó su estancia en la península ibérica para visitar Trujillo, su ciudad natal, donde se reunió con sus hermanos Gonzalo , Hernando y Juan , a quienes convenció para que se sumaran a la empresa conquistadora. Reunió cuatro naves: tres galeones y una zabra destinada a capitana, pero le fue difícil reunir los hombres que le exigía una de las cláusulas de la capitulación.

Sin embargo, Pizarro logró burlar los controles de las autoridades y el 26 de enero de , último día de plazo, se adelantó a bordo de la capitana, zarpando de Sanlúcar.

Los otros navíos, al mando de su hermano Hernando, le siguieron después, convenciendo al factor inspector de la Casa Contratación de Sevilla que llevaban más de hombres. En realidad llevaban menos de esa cantidad. Tras un viaje sin contratiempos, Pizarro arribó a Nombre de Dios , donde se encontró con su socio Almagro que, como era de esperarse, recibió con desagrado la noticia de las pocas prerrogativas conseguidas para él en la capitulación, en comparación a los títulos y poderes otorgados a Pizarro.

A este disgusto se sumó la actitud prepotente de Hernando Pizarro, el más temperamental de los hermanos Pizarro. Almagro pensó incluso a separarse de la sociedad, pero Luque logró, una vez más, reconciliar a los dos socios.

De Nombre de Dios, los tres socios y sus hombres pasaron a la ciudad de Panamá. Empezaron los preparativos. Durante ocho meses, de abril a diciembre de , los soldados reclutados realizaron su adiestramiento militar.

El 28 de diciembre de los expedicionarios oyeron misa en la iglesia de La Merced de Panamá. Pizarro partió finalmente de Panamá el 20 de enero de , con dos navíos, dejando el otro barco en el puerto al mando del capitán Cristóbal de Mena , con el encargo de seguirle después.

Como en anteriores ocasiones, Almagro se quedó en Panamá para proveer de todo lo necesario para la expedición. Encontraron algunos pueblos indios abandonados, y en uno de ellos, Coaque , permanecieron varios meses, hallando oro, plata y esmeraldas, en algunas cantidades apreciables.

Pizarro despachó a los tres navíos con dichas riquezas para que sirvieran de aliciente a los españoles: dos de ellos rumbo a Panamá y uno a Nicaragua. La táctica hizo efecto: los navíos regresaron de Panamá con treinta infantes y veintiséis jinetes, mientras que en Nicaragua el capitán Hernando de Soto , entusiasmado al ver las muestras de oro, empezó a reclutar gente para partir rumbo al Perú.

El botín hallado en Coaque fue, pues, el comienzo de la tentación por llegar al Perú. En Coaque, muchos de los soldados de Pizarro enfermaron de un extraño mal que denominaron bubas, por los tumores que les brotaban en la piel, mal que cobró algunas víctimas.

Del Busto señala: " Una epidemia de verrugas había atacado el campamento ". Pizarro partió de Coaque en octubre de Siguiendo al sur, empezó a recorrer la actual costa de Ecuador.

Pasó el cabo de Pasao o Pasado, habitada por indios belicosos y caníbales. A toda esa región los cronistas llaman Puerto Viejo o Portoviejo. Pasaron después por Picuaza, Marchan, Manta, la Punta de Santa Elena, Odón, hasta la entrada del golfo de Guayaquil.

Pasando por el golfo de Guayaquil , Pizarro y sus expedicionarios avistaron la gran isla de Puná , separada de tierra firme por un delgado brazo de mar, llamado «el paso de Huayna Cápac». El curaca de la isla, llamado Tumbalá, invitó a los españoles a que cruzaran el paso y visitaran sus dominios.

Pizarro aceptó, pese al peligro de una emboscada, pues planeaba usar la isla como cabeza de puente para el desembarco en Tumbes. En Puná, Pizarro se enteró del violento fin que tuvo Alonso de Molina y otros soldados españoles que se habían quedado entre los nativos en el curso de su segundo viaje.

Una versión afirma que los tumbesinos condujeron a los tres españoles hasta Tomebamba , para presentarlos ante el inca Huayna Cápac, pero enterados de que este monarca había fallecido, procedieron a asesinarlos.

Otra versión sostiene que Molina y sus compañeros mostraron un comportamiento excesivamente lujurioso hacia las mujeres, por lo que fueron aniquilados por los pobladores. Y finalmente, una versión dice que Molina, huyendo de los tumbesinos, dio a parar en la isla Puná, donde fue apresado, situación que aprovechó para adoctrinar a los niños a la fe católica.

Ganada la confianza de los punaeños, estos lo invistieron como su caudillo en la guerra que libraban contra los chonos y tallanes. Molina peleó en varios combates, hasta que, en cierta ocasión, hallándose de pesca a bordo de una balsa, fue sorprendido y ultimado por los chonos.

El cronista Diego de Trujillo sostiene que esta última es la versión más creíble y asegura que cuando Pizarro arribó a Puná en el curso de su tercer viaje, halló en la isla un lugar que tenía una cruz alta y una casa con un crucifijo pintado en una puerta y una campanilla colgada y que luego salieron de dicha casa más de treinta chiquillos de ambos sexos, diciendo en coro « Loado sea Jesucristo, Molina, Molina ».

Tumbalá entró en tratos con Pizarro, ofreciéndole su ayuda en su proyectado avance hacia Tumbes. Los españoles recibieron regalos e instrumentos musicales por parte de Tumbalá, como símbolo de la alianza. Llegó por entonces a Puná el curaca Chilimasa de Tumbes que, al enterarse de la presencia de los extranjeros, se entrevistó secretamente con Pizarro; este hizo que Chilimasa y Tumbalá se amistaran e hicieran las paces.

El odio entre las dos etnias era profundo y Pizarro no quería molestar a sus invitados, pero sabía que necesitaba a los habitantes de Tumbes para sus planes futuros y sin escrúpulos se entregó a favorecer a los recién llegados. La tensión creció de inmediato y los españoles decidieron aprovecharla.

Lo que ignoraba el conquistador español era que ambos curacas ya no peleaban entre sí, sino que se hallaban sometidos a la voluntad del inca Atahualpa , a través de un noble inca que ejercía como gobernador de Tumbes y Puná.

Ambos guardaban también un secreto plan para exterminar a los españoles, siguiendo las directivas del Inca. Tumbalá se preparaba para realizar el exterminio de los españoles, cuando Felipillo , el intérprete de los españoles uno de los muchachos recogidos de la balsa tumbesina por Ruiz , se enteró de aquel plan y lo puso al tanto de Pizarro, que ordenó entonces apresar a Tumbalá.

En plena lucha entre punaeños y españoles, arribó a Puná el capitán Hernando de Soto , procedente de Nicaragua, posiblemente a fines de Soto trajo consigo un centenar de hombres, entre ellos 25 jinetes, refuerzo significativo que decidió el triunfo español sobre los nativos.

Pizarro, para ganarse el apoyo de los tumbesinos, les entregó a algunos de los jefes de Puná que habían sido tomados prisioneros y puso en libertad a los seiscientos tumbesinos esclavizados que se hallaban en la isla. Como señal de agradecimiento, Chilimasa aceptó prestar sus balsas para que los españoles pudieran trasladar en ellas sus fardajes.

Pero detrás de esas muestras de amistad, Chilimasa mantenía su plan secreto de exterminar a los españoles, siguiendo las directiva que le había dado Atahualpa. Pizarro permaneció en Puná hasta abril de , cuando emprendió el avance hacia la costa tumbesina.

Pizarro tenía muy buenos recuerdos de la ciudad. Sus habitantes se habían mostrado cordiales y hospitalarios cuando se presentó con un pequeño barco y algunos compañeros en su segundo viaje y ahora esperaba una amistosa bienvenida, sobre todo porque ambos eran veteranos de una guerra común contra la isla de Puná.

La navegación de los españoles hacia Tumbes duró tres días. Estando todavía en alta mar, Pizarro ordenó que se adelantaran las cuatro balsas que Chilimasa le había cedido para transportar los equipajes, en las cuales iban tripulantes indígenas y tres españoles en cada una de ellas.

Fue entonces cuando los nativos procedieron a realizar la estratagema destinada a exterminar a los españoles. La primera balsa que llegó a tierra fue rodeada por los tumbesinos y los tres españoles que en ella iban fueron atacados y arrastrados hasta un bosquecillo, donde fueron descuartizados y echados sus pedazos en grandes ollas con agua hirviente.

Los barcos no pudieron intervenir debido al escaso fondo marino y las otras balsas tuvieron que arreglárselas solas. La misma suerte iban a correr otros dos españoles que llegaban en la segunda balsa, pero los voces de auxilio gritadas a tiempo hicieron efecto, ya que Hernando Pizarro, con un grupo de españoles a caballo, arremetió contra los nativos.

Muchos de estos murieron a manos de los españoles y otros huyeron a los bosques. Los españoles, que no entendían el motivo de la belicosidad de los tumbesinos, a quienes habían considerado como aliados, encontraron a la ciudad de Tumbes completamente destruida.

Sólo quedaban escombros y entre ellos ningún habitante, y comprobaron que no era una gran ciudad de piedra, como había informado el griego Candía, sino de adobes, lo que desilusionó a no pocos.

Pizarro se quedó estupefacto. Ya sus hombres comenzaban a murmurar al recordar todas las descripciones hechas en Panamá sobre las riquezas de Tumbes, que en cambio resultaron ser sólo un montón de ruinas. Era necesario tomar la iniciativa antes de que el desánimo se apoderara de la tropa y el gobernador, como ahora se llamaba el viejo conquistador, decidió ir en busca de los escondidos habitantes.

Fueron encontrados al otro lado del río Tumbes alineados con equipo de guerra. Hernando de Soto con su tropa persiguió a los tumbesinos levantados durante toda la noche y en la mañana: los españoles construyeron una balsa y, cruzando el curso de agua cayeron sobre sus campamentos, sorprendiéndolos y matándolos.

Al día siguiente continuó la persecución. El curaca Chilimasa con las debidas garantías para su vida, se presentó ante Soto, quien lo llevó ante Pizarro. Interrogado por la razón de su rebeldía, Chilimasa se limitó a negar todo y acusó a sus jefes principales de haber tramado la conjura contra los españoles.

Pizarro le pidió que entregara a esos jefes, pero Chilimasa dijo que eso estaba ya fuera de su alcance, pues aquellos ya habían fugado de la comarca. Superado el incidente, Chilimasa se amistó de nuevo con los españoles y no volvió a traicionarlos.

Con los datos proporcionados por los cronistas españoles, se puede reconstruir el contexto en que ocurrió la destrucción de Tumbes, tal como la hallaron los conquistadores españoles: este poblado había sido arrasado por orden de Atahualpa, en castigo por haber apoyado a Huáscar , en plena guerra civil incaica.

Es posible también que una epidemia diezmara a sus pobladores, tal vez la viruela traída por los españoles, la misma que acabara con la vida del inca Huayna Cápac.

Los tumbesinos fueron obligados a rendir vasallaje a Atahualpa, quien ordenó a su curaca Chilimasa realizar una comisión especial, para demostrar su lealtad: ganarse la confianza de los españoles, para luego, una vez en pleno desembarco, matarlos a todos.

Sin embargo, parece ser que quien llevó a cabo el plan fue el capitán incaico dejado en Tumbes por el mismo Atahualpa, con el apoyo de algunos jefes de Chilimasa, mientras que este se mantuvo al margen. De todos modos, el plan fracasó. Fue en Tumbes donde Pizarro se enteró de la existencia de la ciudad del Cuzco , a través de una conversación que sostuvo con un indio tumbesino, según se relata en la crónica de Pedro Pizarro :.

Se informó también sobre la existencia de valles más fértiles. Todos estos informes entusiasmaron a Pizarro, quien quedó muy alentado para continuar con la conquista. Cabe contar también que hubo un conato de rebelión entre los españoles, específicamente en la persona de Hernando de Soto.

Este, durante la correría que hizo al interior persiguiendo a los tumbesinos rebeldes, quedó maravillado al ver el majestuoso camino inca el Qhapaq Ñan que iba hacia el norte, a la provincia de Quito.

Quiso entonces Soto, que comandaba una nutrida hueste, independizarse de Pizarro y dirigir por su cuenta una expedición a ese territorio, pero varios de sus hombres no quisieron seguirle, y algunos fueron a contarle a Pizarro, por lo que el motín debió frustrarse.

Pizarro hizo como que no se enteró, pero a partir de entonces vigiló rigurosamente a Soto. El 16 de mayo de Pizarro abandonó Tumbes, donde dejó una guarnición española al mando de los oficiales reales.

Los españoles tomaron entonces conocimiento de la situación real del territorio en el que habían desembarcado. Como ya habían adivinado, estaban lidiando con un imperio organizado que nada tenía que ver con las simples y primitivas comunidades nativas con las que, hasta entonces, tuvieron que recorrer.

Las huestes de Pizarro, que sumaban unos hombres, avanzaron con dirección a Poechos, divididos en dos grupos. La vanguardia estaba al mando del mismo Francisco Pizarro, acompañado por Hernando de Soto. La retaguardia, que constituía el grueso de las tropas, y que estaba al mando de Hernando Pizarro, salió de Tumbes poco después, avanzando lentamente porque en sus filas había enfermos.

Este recibió cordialmente a los españoles y para ganarse más la voluntad de Pizarro, le regaló a su sobrino, un muchacho que fue bautizado como Martinillo y que se convirtió en intérprete. Poco después, llegó a Poechos la retaguardia de conquistadores que venía con Hernando Pizarro.

Francisco Pizarro mandó a sus hombres a explorar la región: a Juan Pizarro y a Sebastián de Belalcázar envió a las provincias adyacentes a Poechos; y a Hernando de Soto le comisionó recorrer las márgenes del río Chira.

Soto halló poblaciones numerosas, con curacas o caciques muy revoltosos, a los cuales capturó y llevó a Poechos, donde fueron obligados a jurar vasallaje al rey de España. Fue en Poechos donde los españoles supieron de la existencia de un gran monarca que dominaba todo un vasto imperio, el inca Atahualpa, el cual se estaba desplazando de Quito a Cajamarca.

Además, tuvieron detalles de la guerra que aquel rey sostuvo con su hermano Huáscar, el cual, tras ser derrotado, se hallaba cautivo.

Preocupado por la guarnición dejada en Tumbes, Francisco comisionó a Hernando Pizarro a que volviera allá y trajera consigo a todos sus hombres. Hernando Pizarro regresó por tierra, pero algunos españoles lo hicieron por mar.

Por entonces se habían levantado los curacas de la Chira y de Amotape , obligando a los españoles de Hernando Pizarro, a atrincherarse en la huaca Chira y enviar un mensaje a Francisco Pizarro en demanda de ayuda.

Este, al mando de 50 jinetes, se dirigió a auxiliar a sus compañeros de armas, logrando salvarlos. Pizarro castigó severamente a los curacas: luego de someterlos a tormento para que confesaran su conjura, trece de ellos fueron estrangulados y quemados sus cuerpos, según lo cuenta Pedro Pizarro en su crónica.

Pizarro quería tener una visión lo más clara posible de las fuerzas a las que se disponía a enfrentarse y además esperaba refuerzos. Entonces decidió tomarse su tiempo y montar una especie de colonia que podía servir como cabeza de puente de cara a futuras operaciones.

Enterado Maizavilca que Pizarro planeaba fundar una ciudad de cristianos cerca de su territorio, se incomodó y se puso de acuerdo con los demás curacas tallanes sobre la manera de deshacerse de los españoles.

Enviaron mensajeros al inca Atahualpa, que se encontraba entonces en Huamachuco celebrando su triunfo sobre Huáscar, para informarle de la presencia en Tumbes y Piura de gente extraña, de tez blanca y con barba, salidos del mar, que según ellos podían ser los dioses viracochas , aludiendo a una antigua leyenda que vaticinaba la llegada de seres divinos con esas características.

Querían de esa manera que el inca se interesara y que invitara a los españoles a su encuentro. En efecto, Atahualpa se interesó en el asunto y envió un espía a Poechos. Disfrazado de un rústico vendedor de pacaes , Ciquinchara se adentró en el campamento de los españoles sin levantar sospechas.

Pero Hernando Pizarro, maliciando de su presencia, lo empujó y le dio de puntapiés, armándose entonces un alboroto entre los indígenas, lo que aprovechó Ciquinchara para escabullirse e ir donde el Inca, a quien dio un informe.

El orejón opinó ante Atahualpa, que cuando se procediese a exterminar a los españoles, se conservaran a estos tres, pues serían de gran utilidad para los incas. Luego de apaciguar a Chira, Pizarro se dirigió a Tangarará o Tangarala, a orillas del río Chira, en donde se propuso fundar una villa.

Se encomendó la exploración de la región al fraile dominico Vicente de Valverde. La villa de San Miguel de Tangarará, fue fundada el 15 de agosto de según el cálculo hecho por el historiador José Antonio del Busto.

Como su teniente de gobernador fue nombrado el contador Antonio Navarro y como alcaldes ordinarios al asturiano Gonzalo Farfán de los Godos y al castellano Blas de Atienza. Francisco Pizarro hizo el primer reparto de tierras y siervos indios entre los españoles que quisieron afincarse en la villa.

Este primer reparto incluyó además de Piura, Tumbes, el más codiciado repartimiento, que le fue concedido a Hernando de Soto. Tenía todas las apariencias de un pequeño pueblo español. Estaba dotado de una iglesia, una fortaleza y hasta una sala de audiencias, donde funcionaban distintas instituciones, cada una con sus propios administradores civiles o eclesiásticos.

Este acto pretendía demostrar que la colonización de la región había comenzado. Para validar mejor la posesión del distrito, Pizarro impuso a todos los habitantes el respeto a las leyes españolas, suscitando evidentemente un descontento generalizado que derivó, en algunos casos, en abierta rebelión.

Sin embargo, los españoles no tenían la intención de soportar acciones hostiles y golpearon con una violencia despiadada. San Miguel de Tangarará, actual ciudad de Piura , fue la primera ciudad española fundada en el Perú y en todo el hemisferio sur.

Tiempo después, en , su sede fue trasladada a donde se halla actualmente, en Tacalá, en el valle del río Piura. Los españoles siguieron recibiendo noticias sobre la riqueza y la inmensidad del imperio incaico.

Así, supieron de la existencia, más al sur, en la costa, de Chincha , gran emporio comercial, marítimo y terrestre; y de la fabulosa ciudad del Cuzco, que se hallaba más adentro, en la sierra, capital del imperio.

Sabían también que el inca Atahualpa, luego de vencer a su hermano Huáscar, se hallaba en Cajamarca, a doce o quince jornadas de San Miguel, a donde se llegaba cruzando una inmensa cordillera. El miedo cundió en algunos españoles, que querían regresar a Panamá.

Cierto día se halló en la puerta de la iglesia de San Miguel un papel clavado donde estaba escrita una copla contra Pizarro.

Se acusó de ser su autor a Juan de la Torre , uno de los trece de la fama, quien, sometido a tortura, confesó su responsabilidad, siendo condenado a muerte. Pero Pizarro le conmutó la pena y lo desterró, siendo embarcado en un navío mercante.

Algunos años después se comprobó su inocencia y retornó al Perú. Pizarro entendió que tenía que intervenir en la disputa si quería ganarse la confianza de uno de los dos contendientes. Por ahora, ese era su objetivo, salvo apuntar más alto si las circunstancias se lo permitían.

El primero de los dos hermanos que lucharon por interesarse por los españoles fue Atahualpa. El señor de Quito envió una verdadera embajada, especialmente con el objetivo de recoger noticias sobre los extranjeros. No sabemos en cuál de los dos rivales decidió apoyarse Pizarro. Tal vez se inclinó hacia a Huáscar que pensó que era el ganador más probable, pero ciertamente no tenía simpatías preconcebidas cuando decidió escalar los Andes para encontrarse con Atahualpa.

Luego de dictar una serie de disposiciones y de reforzar su retaguardia, Pizarro emprendió la marcha a Cajamarca. El cronista Jerez dice que Pizarro salió de San Miguel el 24 de septiembre de Pizarro cruzó el río Chira y luego de tres días de marcha, llegó al fértil valle del río Piura, donde se detuvo diez días.

Descontando algunos que regresaron a San Miguel a solicitud del teniente de gobernador de esa villa , la hueste de Pizarro quedó conformada por 62 jinetes y infantes. Pizarro partió de Piura el 8 de octubre de Ese mismo día envió una avanzada de 50 a 60 soldados, al mando de Hernando de Soto, hacia el pueblo de Caxas o Cajas actualmente desaparecido , donde se decía que estaba el ejército de Atahualpa; de paso, Soto debía conseguir el vasallaje de los nativos.

No obstante, los españoles hallaron depósitos de alimentos y ropas, y un acllahuasi con más de acllas o vírgenes del Sol, que Soto repartió entre sus hombres.

Fue entonces cuando apareció Ciquinchara, el espía inca enviado a Poechos, quien recriminó a Soto por su osadía; luego se presentó como embajador de Atahualpa, con la misión de ir a invitar a Pizarro para que fuese al encuentro con el Sapa Inca. Ciquinchara llevaba unos curiosos presentes para Pizarro: unos patos desollados y unas fortalecillas de piedra.

Soto partió de Caxas el 13 de octubre, acompañado de Ciquinchara, y llegó a Huancabamba , un pueblo con mejores edificios y una fortaleza de piedra bien labrada. Por allí pasaba el camino del Inca o Qhapaq Ñan, que causó asombro a los españoles por su grandeza y su buena fábrica, enterándose de que unía Quito con el Cuzco a lo largo de leguas.

Mientras tanto, Pizarro llegó al pueblo de Pavur, en la orilla derecha del río Piura. Luego, pasando a la margen opuesta, el 10 de octubre llegó al pueblo o fortaleza de Zarán o Serrán, donde acampó para esperar a Soto, quien llegó el 16 de octubre. Luego de esto el embajador retornó donde Atahualpa llevando consigo unos regalos que enviaba con él Francisco Pizarro una camisa blanca y muy fina, cuchillos, tijeras, peines y espejos de España y para informarle que el jefe español «se apresuraría en llegar a Caxamarca y ser amigo del Inca».

Tras descansar ocho días en Serrán, Pizarro partió el 19 de octubre de , continuando su marcha hacia Cajamarca. Pasó por los pueblos de Copis, Motupe, Jayanca y Túcume, en tierra de los lambayeque.

El 30 de octubre llegó al pueblo de Cinto, cuyo curaca informó a Pizarro de que Atahualpa había estado en Huamachuco y de que se dirigía a Cajamarca con cincuenta mil hombres de guerra.

Desde Cinto, Pizarro envió a un jefe tallán, de nombre Guachapuro, como su mensajero para hablar con Atahualpa, con algunos presentes una copa de cristal de Venecia, borceguíes, camisas de Holanda, cuenta de vidrio y perlas.

El 4 de noviembre Pizarro prosiguió su marcha, pasando por Reque, Mocupe y Saña, esta última una población grande y con mucha comida, al pie de la sierra. Uno de ellos llevaba a Chincha y el otro a Cajamarca. Algunos españoles opinaban que sería mejor ir a Chincha y postergar el encuentro con Atahualpa.

Sin embargo, Pizarro decidió continuar hacia Cajamarca, aduciendo que ya el Inca sabía que había partido de San Miguel y que iba a su encuentro, habiéndole incluso enviado mensajes en ese sentido; cambiar la ruta haría creer a Atahualpa de que los españoles rehuían por cobardía.

Con ello, los demás no saben qué hacer". Él mismo ya lo había experimentado en Coaque, Puná y Tumbes, y sabía que apresando un curaca y teniéndolo como rehén se ganaba mucho.

En cambio, suelto, el curaca se convertía en enemigo peligroso. El 8 de noviembre de , los españoles empezaron a subir la cordillera. El resto, al mando de Hernando Pizarro, formaría la retaguardia y se uniría a Pizarro cuando él lo indicase. Luego de un día de marcha, Pizarro mandó decir a su hermano Hernando que se le uniese para continuar el viaje juntos.

El camino serpenteaba entre impresionantes acantilados y cruzaba oscuros desfiladeros donde un puñado de hombres fácilmente podría haber obstruido el camino, pero no había el menor indicio de nativos armados.

Atormentados por el intenso frío y preocupados por la suerte de los caballos, poco acostumbrados a caminar por senderos de cabras, los españoles avanzaban con cautela, cada vez más inquietos por el extraño comportamiento de Atahualpa y nada tranquilizados por los mensajes que este, de vez en cuando, enviaba.

El 9 de noviembre de Pizarro acampó en medio del frío de la sierra, donde recibió una embajada de Atahualpa, con diez llamas que el Inca había enviado como regalo y avisándole que este se hallaba hacía cinco días en Cajamarca.

El 10 de diciembre Pizarro prosiguió su camino y acampó en un lugar que podría ser la actual población de Pallaques. Ciquinchara acompañó a Pizarro durante todo el camino a Cajamarca. Pizarro continuó el viaje, llegando el 11 de noviembre a un lugar que posiblemente es la actual Llapa, donde descansó todo el día El camino era muy fatigoso, por ser muy áspero, lleno de riscales y abismos.

El 13 de noviembre de regresó Guachapuro, el mensajero tallán que envió Pizarro ante Atahualpa. Cuenta Jerez que Guachapuro, viendo al embajador del Sapa Inca Ciquinchara , arremetió contra él y lo cogió de las orejas, siendo separado por Pizarro, que le preguntó la razón de su agresión.

Guachapuro dio las siguientes explicaciones: que el enviado del Sapa Inca era un mentiroso, que Atahualpa no estaba en Cajamarca sino en el campo Baños del Inca y tenía mucha gente de guerra acampadas en innumerables tiendas; que a él lo habían querido matar, pero se había salvado porque amenazó con que los embajadores de Atahualpa serían ajusticiados por Pizarro; que no permitieron que hablara directamente con el Inca, porque estaba ayunando, y se entrevistó, por fin, con un tío de Atahualpa, quien le requirió por los cristianos, siendo esta su respuesta:.

Por su parte, Ciquinchara, un tanto asombrado de escuchar que un tallán hablara con tanto atrevimiento, replicó así: que si Atahualpa no estaba en Cajamarca era porque sus casas habían sido reservadas para aposentar a los cristianos; que Atahualpa se hallaba en el campo porque esa era su costumbre desde que estaba en guerra con Huáscar; que cuando el Sapa Inca ayunaba no dejaban que hablara con nadie más sino con su padre el Inti.

Muy diplomáticamente, Pizarro, zanjó la discusión, dando a entender que no tenía por qué dudar de la intención pacífica de Atahualpa.

Los españoles continuaron su camino. El 14 de noviembre, descansaron en Zavana, A falta de un solo día para llegar a Cajamarca. En Zavana recibieron otra embajada de Atahualpa, con comida. Los españoles divisaron Cajamarca desde las alturas de Shicuana, al noreste del valle. Era el mediodía del viernes 15 de noviembre de Habían caminado 53 días desde San Miguel de Tangarará.

El Inca Garcilaso de la Vega y Miguel de Estete aseguran que los españoles encontraron en Cajamarca «gente popular y algunos de la gente de guerra» de Atahualpa. Además, que fueron bien recibidos.

Otros cronistas, como Jerez, aseguran que los españoles no encontraron gente en el poblado. Cuando Pizarro entró en Cajamarca, Atahualpa se encontraba a media legua de la ciudad, en Pultumarca o los Baños del Inca , donde había asentado su real, «con cuarenta mil indios de guerra», como cuenta Pedro Pizarro.

Este campamento, conformado por extensas hileras de tiendas blancas, con miles de guerreros y servidores incas, apostados en la falda de una sierra, debió ofrecer una vista sorprendente a los conquistadores.

El cronista soldado Miguel de Estete , testigo de los hechos, relata así sus impresiones:. Entrados en Cajamarca, Francisco Pizarro envió a Hernando de Soto con veinte jinetes y el intérprete Felipillo, como embajada para decirle a Atahualpa «que él venía de parte de Dios y del Rey a los predicar y tenerlos por amigos, y otras cosas de paz y amistad, y que se viniese a ver con él.

Tras cruzar el campamento inca, Soto primero, y luego Hernando Pizarro, llegaron ante el palacete del Sapa Inca, situada en medio de un pradillo, custodiado por unos guerreros incas. A través de los intérpretes, los españoles inquirieron la presencia del Inca, pero este demoró en salir, a tal punto que inquietó a Hernando, quien ofuscado, ordenó a Martinillo: «¡Decidle al perro que salga!

Tras el exabrupto de Hernando Pizarro, un orejón o noble inca salió del palacete a observar la situación y luego tornó al interior, informando a Atahualpa que se hallaba afuera el mismo español irascible que lo había golpeado en Poechos, sede del curacazgo de Maizavilca. En efecto, dicho orejón era Ciquinchara, el espía que había sido enviado por el Sapa Inca para que observara a los españoles, cuando estos todavía se hallaban en Poechos en el actual departamento de Piura , ocasión en la que sufrió la ira de Hernando Pizarro.

Atahualpa se animó entonces a salir, caminando hacia la puerta del palacete y procediendo a sentarse sobre un banco colorado, siempre tras una cortina que únicamente dejaba ver su silueta.

De inmediato, Soto se acercó a la cortina, aún encabalgado, y le presentó la invitación a Atahualpa, aunque éste ni siquiera lo miró. Más bien, se dirigió a uno de sus orejones y le susurró algunas cosas.

Hernando Pizarro, muy irascible, perdió nuevamente los papeles y comenzó a vociferar una serie de cosas que acabaron por llamar la atención del Inca, que ordenó que le retirasen la cortina. Atahualpa miró muy particularmente al osado que lo había llamado «perro», pero se dirigió a Soto, diciéndole que avisara a su jefe que al día siguiente iría a verlo en Cajamarca y que ahí deberían pagarle todo lo que tomaron durante su estancia en sus tierras.

Hernando Pizarro, sintiéndose desplazado, le dijo a Martinillo que le comunicara al Sapa Inca que entre él y el capitán Soto no había diferencia, porque ambos eran capitanes de Su Majestad española. Pero Atahualpa no se inmutó, mientras cogía dos vasos de oro, llenos de chicha o licor de maíz, que le alcanzaron algunas mujeres.

Soto le comentó al Inca que su compañero era hermano del Gobernador. El Inca siguió mostrándose indiferente ante Hernando Pizarro, pero finalmente se dirigió a él, diciéndole que su capitán Maizavilca le había informado sobre la manera en que había humillado a varios caciques encadenándolos, y que, de otro lado, el mismo Maizavilca se vanagloriaba de haber matado a tres cristianos y a un caballo; a lo que el impulsivo Hernando contestó que Maizavilca era un bellaco y que él y todos los indios no podrían nunca matar cristianos ni caballos porque eran todos unas gallinas, y que si quería comprobarlo, que él mismo le acompañara en la guerra contra sus enemigos, para que viera cómo se batían los españoles.

Luego, el Sapa Inca ofreció a los españoles los vasos de licor, pero aquellos, temerosos de que la bebida estuviera envenenada, se excusaron de tomarla, diciendo que estaban en ayuno.

A lo que el Inca replicó diciendo que él también estaba ayunando y que el licor de ningún modo hacía romper el ayuno. Para que se disipara cualquier temor, el Inca probó un sorbo de cada uno de los vasos, lo que tranquilizó a los españoles, que bebieron entonces el licor.

Soto, montado en su caballo, quiso enseguida lucirse y comenzó a galopar, haciendo cabriolas ante el Sapa Inca; de repente avanzó sobre el monarca como queriendo atropellarle, pero paró en seco.

Soto quedó asombrado al ver que el Inca había permanecido inmutable, sin hacer el menor gesto de miedo. Algunos de los servidores del Inca mostraron temor y por ello fueron castigados. Atahualpa ordenó luego traer más bebida y todos bebieron. Finalizó la entrevista con la promesa de Atahualpa de ir al día siguiente a encontrarse con Francisco Pizarro.

El Sapa Inca, una vez que se fueron los españoles, ordenó que veinte mil soldados imperiales se apostasen en las afueras de Cajamarca, para capturar a los españoles: estaba seguro de que al ver tanta gente, los españoles se rendirían.

Atahualpa ideó un plan para capturar a los españoles poniendo a cargo a Rumiñahui para que lo ejecutara. Sin embargo, Rumiñahui huyó cuando se produjo la captura de Atahualpa.

La hueste española constaba de hombres de guerra: 63 jinetes, 93 infantes, 4 artilleros, 2 arcabuceros y 2 trompetas. Contaban además con tres intérpretes indígenas: Felipillo, Francisquillo y Martinillo. Los esclavos negros y nicaraguas venidos con los españoles eran muy pocos y debieron actuar solo como escuderos.

No tenían perros de guerra, pues estos se habían quedado en San Miguel. Era inevitable que en la noche del 15 de noviembre de , previa al encuentro con el Sapa Inca, cundiera el miedo entre la tropa española. Y a la verdad el indio la decía porque yo oí a muchos españoles que sin sentirlo se orinaban de puro temor».

Pizarro dispuso que el griego Pedro de Candía se colocase en lo más alto de la fortalecilla o tambo real, en el centro de la plaza, con dos o tres infantes y dos falconetes o cañones pequeños, adjuntándoles además dos trompetas. A los de caballo los dividió en dos fracciones, al mando de Hernando de Soto y de Hernando Pizarro, respectivamente.

La infantería también fue dividida en dos fracciones, una al mando de Francisco Pizarro y la otra al mando de Juan Pizarro. Todos debían estar escondidos en los edificios que rodeaban la plaza, esperando la llegada del Inca y hasta escuchar la señal de ataque.

Esta sería un arcabuzazo disparado por uno de los que estaban con Pizarro, y el sonoro grito de ¡Santiago! Si por alguna razón el disparo no fuera oído por Candia, se agitaría un pañuelo blanco como señal para que el griego disparara su falconete e hiciera sonar las trompetas los trompeteros eran Juan de Segovia y Pedro de Alconchel.

La orden era causar estragos entre los indios y capturar al Sapa Inca. Los cronistas fijan las cuatro de la tarde como la hora en que Atahualpa ingresó a la plaza de Cajamarca, pensado que su ejército de Miguel de Estete dice: «A la hora de las cuatro comienzan a caminar por su calzada delante, derecho a donde nosotros estábamos; y a las cinco o poco más, llegó a la puerta de la ciudad».

El Inca comenzó su entrada en Cajamarca, antecedida por su vanguardia de cuatrocientos hombres, ingresó a la plaza con toda su gente, en una «litera muy rica, los cabos de los maderos cubiertos de plata Por su parte, Jerez señala: «Entre estos venía Atahualpa en una litera aforrada de plumas de papagayos de muchos colores, guarnecida de chapas de oro y plata».

El doctor Masso -a quien su hijo evoca como un explorador y un trotamontañas- es un apasionado del reino mineral que soñó con explotar, muchos años atrás, Inca Dormido, un socavón en las alturas de Huancavelica que resultó infecundo. Impelido por las remembranzas y también, por las urgencias económicas, Gaspar se muda a Highgate, un pueblo en el extremo norte del estado, donde abre una tienda de piedras mágicas.

Un buen día su rutina se ve trastocada por la aparición de Crystal, una joven encantadora que tiene la facultad de comunicarse con periespíritus.

Luis Hernán Castañeda nos conduce en esta, su décima entrega, por el universo fascinante de quienes horadan las montañas en pos de tesoros minerales. Explora, también, el conflicto entre un padre autoritario y un hijo que se resiste a ser un duendecillo más en el mundo de muquis habitado por aquel.

A la muerte de su padre el joven viajará al Perú acompañado de Crystal. En Ica los recibe Heliodoro, leal servidor del padre, quien les comunica la última voluntad de su patrón: ser enterrado en Inca Dormido. Emprenden, entonces, la expedición -un viaje azaroso, pleno de aventuras- hacia la antigua mina.

Sin saberlo, el fantasmal cortejo se dirige hacia la fuente de energía, acaso mística, que emana de lo eterno. Esta web utiliza cookies propias y de terceros que permiten al usuario la navegación a través de una página web técnicas , para el seguimiento y análisis estadístico del comportamiento de los usuarios analíticas , que permiten la gestión de los espacios publicitarios que, en su caso, el editor haya incluido en una página publicitarias y cookies que almacenan información del comportamiento de los usuarios obtenida a través de la observación continuada de sus hábitos de navegación.

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Francisco Pizarro mandó a sus hombres a explorar la región: a Juan Pizarro y a Sebastián de Belalcázar envió a las provincias adyacentes a Poechos; y a Hernando de Soto le comisionó recorrer las márgenes del río Chira.

Soto halló poblaciones numerosas, con curacas o caciques muy revoltosos, a los cuales capturó y llevó a Poechos, donde fueron obligados a jurar vasallaje al rey de España.

Fue en Poechos donde los españoles supieron de la existencia de un gran monarca que dominaba todo un vasto imperio, el inca Atahualpa, el cual se estaba desplazando de Quito a Cajamarca. Además, tuvieron detalles de la guerra que aquel rey sostuvo con su hermano Huáscar, el cual, tras ser derrotado, se hallaba cautivo.

Preocupado por la guarnición dejada en Tumbes, Francisco comisionó a Hernando Pizarro a que volviera allá y trajera consigo a todos sus hombres. Hernando Pizarro regresó por tierra, pero algunos españoles lo hicieron por mar. Por entonces se habían levantado los curacas de la Chira y de Amotape , obligando a los españoles de Hernando Pizarro, a atrincherarse en la huaca Chira y enviar un mensaje a Francisco Pizarro en demanda de ayuda.

Este, al mando de 50 jinetes, se dirigió a auxiliar a sus compañeros de armas, logrando salvarlos. Pizarro castigó severamente a los curacas: luego de someterlos a tormento para que confesaran su conjura, trece de ellos fueron estrangulados y quemados sus cuerpos, según lo cuenta Pedro Pizarro en su crónica.

Pizarro quería tener una visión lo más clara posible de las fuerzas a las que se disponía a enfrentarse y además esperaba refuerzos.

Entonces decidió tomarse su tiempo y montar una especie de colonia que podía servir como cabeza de puente de cara a futuras operaciones. Enterado Maizavilca que Pizarro planeaba fundar una ciudad de cristianos cerca de su territorio, se incomodó y se puso de acuerdo con los demás curacas tallanes sobre la manera de deshacerse de los españoles.

Enviaron mensajeros al inca Atahualpa, que se encontraba entonces en Huamachuco celebrando su triunfo sobre Huáscar, para informarle de la presencia en Tumbes y Piura de gente extraña, de tez blanca y con barba, salidos del mar, que según ellos podían ser los dioses viracochas , aludiendo a una antigua leyenda que vaticinaba la llegada de seres divinos con esas características.

Querían de esa manera que el inca se interesara y que invitara a los españoles a su encuentro. En efecto, Atahualpa se interesó en el asunto y envió un espía a Poechos. Disfrazado de un rústico vendedor de pacaes , Ciquinchara se adentró en el campamento de los españoles sin levantar sospechas.

Pero Hernando Pizarro, maliciando de su presencia, lo empujó y le dio de puntapiés, armándose entonces un alboroto entre los indígenas, lo que aprovechó Ciquinchara para escabullirse e ir donde el Inca, a quien dio un informe.

El orejón opinó ante Atahualpa, que cuando se procediese a exterminar a los españoles, se conservaran a estos tres, pues serían de gran utilidad para los incas. Luego de apaciguar a Chira, Pizarro se dirigió a Tangarará o Tangarala, a orillas del río Chira, en donde se propuso fundar una villa.

Se encomendó la exploración de la región al fraile dominico Vicente de Valverde. La villa de San Miguel de Tangarará, fue fundada el 15 de agosto de según el cálculo hecho por el historiador José Antonio del Busto.

Como su teniente de gobernador fue nombrado el contador Antonio Navarro y como alcaldes ordinarios al asturiano Gonzalo Farfán de los Godos y al castellano Blas de Atienza.

Francisco Pizarro hizo el primer reparto de tierras y siervos indios entre los españoles que quisieron afincarse en la villa. Este primer reparto incluyó además de Piura, Tumbes, el más codiciado repartimiento, que le fue concedido a Hernando de Soto.

Tenía todas las apariencias de un pequeño pueblo español. Estaba dotado de una iglesia, una fortaleza y hasta una sala de audiencias, donde funcionaban distintas instituciones, cada una con sus propios administradores civiles o eclesiásticos.

Este acto pretendía demostrar que la colonización de la región había comenzado. Para validar mejor la posesión del distrito, Pizarro impuso a todos los habitantes el respeto a las leyes españolas, suscitando evidentemente un descontento generalizado que derivó, en algunos casos, en abierta rebelión.

Sin embargo, los españoles no tenían la intención de soportar acciones hostiles y golpearon con una violencia despiadada. San Miguel de Tangarará, actual ciudad de Piura , fue la primera ciudad española fundada en el Perú y en todo el hemisferio sur.

Tiempo después, en , su sede fue trasladada a donde se halla actualmente, en Tacalá, en el valle del río Piura. Los españoles siguieron recibiendo noticias sobre la riqueza y la inmensidad del imperio incaico. Así, supieron de la existencia, más al sur, en la costa, de Chincha , gran emporio comercial, marítimo y terrestre; y de la fabulosa ciudad del Cuzco, que se hallaba más adentro, en la sierra, capital del imperio.

Sabían también que el inca Atahualpa, luego de vencer a su hermano Huáscar, se hallaba en Cajamarca, a doce o quince jornadas de San Miguel, a donde se llegaba cruzando una inmensa cordillera. El miedo cundió en algunos españoles, que querían regresar a Panamá.

Cierto día se halló en la puerta de la iglesia de San Miguel un papel clavado donde estaba escrita una copla contra Pizarro. Se acusó de ser su autor a Juan de la Torre , uno de los trece de la fama, quien, sometido a tortura, confesó su responsabilidad, siendo condenado a muerte.

Pero Pizarro le conmutó la pena y lo desterró, siendo embarcado en un navío mercante. Algunos años después se comprobó su inocencia y retornó al Perú. Pizarro entendió que tenía que intervenir en la disputa si quería ganarse la confianza de uno de los dos contendientes.

Por ahora, ese era su objetivo, salvo apuntar más alto si las circunstancias se lo permitían. El primero de los dos hermanos que lucharon por interesarse por los españoles fue Atahualpa. El señor de Quito envió una verdadera embajada, especialmente con el objetivo de recoger noticias sobre los extranjeros.

No sabemos en cuál de los dos rivales decidió apoyarse Pizarro. Tal vez se inclinó hacia a Huáscar que pensó que era el ganador más probable, pero ciertamente no tenía simpatías preconcebidas cuando decidió escalar los Andes para encontrarse con Atahualpa.

Luego de dictar una serie de disposiciones y de reforzar su retaguardia, Pizarro emprendió la marcha a Cajamarca. El cronista Jerez dice que Pizarro salió de San Miguel el 24 de septiembre de Pizarro cruzó el río Chira y luego de tres días de marcha, llegó al fértil valle del río Piura, donde se detuvo diez días.

Descontando algunos que regresaron a San Miguel a solicitud del teniente de gobernador de esa villa , la hueste de Pizarro quedó conformada por 62 jinetes y infantes. Pizarro partió de Piura el 8 de octubre de Ese mismo día envió una avanzada de 50 a 60 soldados, al mando de Hernando de Soto, hacia el pueblo de Caxas o Cajas actualmente desaparecido , donde se decía que estaba el ejército de Atahualpa; de paso, Soto debía conseguir el vasallaje de los nativos.

No obstante, los españoles hallaron depósitos de alimentos y ropas, y un acllahuasi con más de acllas o vírgenes del Sol, que Soto repartió entre sus hombres.

Fue entonces cuando apareció Ciquinchara, el espía inca enviado a Poechos, quien recriminó a Soto por su osadía; luego se presentó como embajador de Atahualpa, con la misión de ir a invitar a Pizarro para que fuese al encuentro con el Sapa Inca.

Ciquinchara llevaba unos curiosos presentes para Pizarro: unos patos desollados y unas fortalecillas de piedra. Soto partió de Caxas el 13 de octubre, acompañado de Ciquinchara, y llegó a Huancabamba , un pueblo con mejores edificios y una fortaleza de piedra bien labrada.

Por allí pasaba el camino del Inca o Qhapaq Ñan, que causó asombro a los españoles por su grandeza y su buena fábrica, enterándose de que unía Quito con el Cuzco a lo largo de leguas.

Mientras tanto, Pizarro llegó al pueblo de Pavur, en la orilla derecha del río Piura. Luego, pasando a la margen opuesta, el 10 de octubre llegó al pueblo o fortaleza de Zarán o Serrán, donde acampó para esperar a Soto, quien llegó el 16 de octubre. Luego de esto el embajador retornó donde Atahualpa llevando consigo unos regalos que enviaba con él Francisco Pizarro una camisa blanca y muy fina, cuchillos, tijeras, peines y espejos de España y para informarle que el jefe español «se apresuraría en llegar a Caxamarca y ser amigo del Inca».

Tras descansar ocho días en Serrán, Pizarro partió el 19 de octubre de , continuando su marcha hacia Cajamarca. Pasó por los pueblos de Copis, Motupe, Jayanca y Túcume, en tierra de los lambayeque.

El 30 de octubre llegó al pueblo de Cinto, cuyo curaca informó a Pizarro de que Atahualpa había estado en Huamachuco y de que se dirigía a Cajamarca con cincuenta mil hombres de guerra. Desde Cinto, Pizarro envió a un jefe tallán, de nombre Guachapuro, como su mensajero para hablar con Atahualpa, con algunos presentes una copa de cristal de Venecia, borceguíes, camisas de Holanda, cuenta de vidrio y perlas.

El 4 de noviembre Pizarro prosiguió su marcha, pasando por Reque, Mocupe y Saña, esta última una población grande y con mucha comida, al pie de la sierra. Uno de ellos llevaba a Chincha y el otro a Cajamarca.

Algunos españoles opinaban que sería mejor ir a Chincha y postergar el encuentro con Atahualpa. Sin embargo, Pizarro decidió continuar hacia Cajamarca, aduciendo que ya el Inca sabía que había partido de San Miguel y que iba a su encuentro, habiéndole incluso enviado mensajes en ese sentido; cambiar la ruta haría creer a Atahualpa de que los españoles rehuían por cobardía.

Con ello, los demás no saben qué hacer". Él mismo ya lo había experimentado en Coaque, Puná y Tumbes, y sabía que apresando un curaca y teniéndolo como rehén se ganaba mucho. En cambio, suelto, el curaca se convertía en enemigo peligroso.

El 8 de noviembre de , los españoles empezaron a subir la cordillera. El resto, al mando de Hernando Pizarro, formaría la retaguardia y se uniría a Pizarro cuando él lo indicase.

Luego de un día de marcha, Pizarro mandó decir a su hermano Hernando que se le uniese para continuar el viaje juntos. El camino serpenteaba entre impresionantes acantilados y cruzaba oscuros desfiladeros donde un puñado de hombres fácilmente podría haber obstruido el camino, pero no había el menor indicio de nativos armados.

Atormentados por el intenso frío y preocupados por la suerte de los caballos, poco acostumbrados a caminar por senderos de cabras, los españoles avanzaban con cautela, cada vez más inquietos por el extraño comportamiento de Atahualpa y nada tranquilizados por los mensajes que este, de vez en cuando, enviaba.

El 9 de noviembre de Pizarro acampó en medio del frío de la sierra, donde recibió una embajada de Atahualpa, con diez llamas que el Inca había enviado como regalo y avisándole que este se hallaba hacía cinco días en Cajamarca.

El 10 de diciembre Pizarro prosiguió su camino y acampó en un lugar que podría ser la actual población de Pallaques. Ciquinchara acompañó a Pizarro durante todo el camino a Cajamarca.

Pizarro continuó el viaje, llegando el 11 de noviembre a un lugar que posiblemente es la actual Llapa, donde descansó todo el día El camino era muy fatigoso, por ser muy áspero, lleno de riscales y abismos. El 13 de noviembre de regresó Guachapuro, el mensajero tallán que envió Pizarro ante Atahualpa.

Cuenta Jerez que Guachapuro, viendo al embajador del Sapa Inca Ciquinchara , arremetió contra él y lo cogió de las orejas, siendo separado por Pizarro, que le preguntó la razón de su agresión. Guachapuro dio las siguientes explicaciones: que el enviado del Sapa Inca era un mentiroso, que Atahualpa no estaba en Cajamarca sino en el campo Baños del Inca y tenía mucha gente de guerra acampadas en innumerables tiendas; que a él lo habían querido matar, pero se había salvado porque amenazó con que los embajadores de Atahualpa serían ajusticiados por Pizarro; que no permitieron que hablara directamente con el Inca, porque estaba ayunando, y se entrevistó, por fin, con un tío de Atahualpa, quien le requirió por los cristianos, siendo esta su respuesta:.

Por su parte, Ciquinchara, un tanto asombrado de escuchar que un tallán hablara con tanto atrevimiento, replicó así: que si Atahualpa no estaba en Cajamarca era porque sus casas habían sido reservadas para aposentar a los cristianos; que Atahualpa se hallaba en el campo porque esa era su costumbre desde que estaba en guerra con Huáscar; que cuando el Sapa Inca ayunaba no dejaban que hablara con nadie más sino con su padre el Inti.

Muy diplomáticamente, Pizarro, zanjó la discusión, dando a entender que no tenía por qué dudar de la intención pacífica de Atahualpa. Los españoles continuaron su camino. El 14 de noviembre, descansaron en Zavana, A falta de un solo día para llegar a Cajamarca. En Zavana recibieron otra embajada de Atahualpa, con comida.

Los españoles divisaron Cajamarca desde las alturas de Shicuana, al noreste del valle. Era el mediodía del viernes 15 de noviembre de Habían caminado 53 días desde San Miguel de Tangarará. El Inca Garcilaso de la Vega y Miguel de Estete aseguran que los españoles encontraron en Cajamarca «gente popular y algunos de la gente de guerra» de Atahualpa.

Además, que fueron bien recibidos. Otros cronistas, como Jerez, aseguran que los españoles no encontraron gente en el poblado. Cuando Pizarro entró en Cajamarca, Atahualpa se encontraba a media legua de la ciudad, en Pultumarca o los Baños del Inca , donde había asentado su real, «con cuarenta mil indios de guerra», como cuenta Pedro Pizarro.

Este campamento, conformado por extensas hileras de tiendas blancas, con miles de guerreros y servidores incas, apostados en la falda de una sierra, debió ofrecer una vista sorprendente a los conquistadores.

El cronista soldado Miguel de Estete , testigo de los hechos, relata así sus impresiones:. Entrados en Cajamarca, Francisco Pizarro envió a Hernando de Soto con veinte jinetes y el intérprete Felipillo, como embajada para decirle a Atahualpa «que él venía de parte de Dios y del Rey a los predicar y tenerlos por amigos, y otras cosas de paz y amistad, y que se viniese a ver con él.

Tras cruzar el campamento inca, Soto primero, y luego Hernando Pizarro, llegaron ante el palacete del Sapa Inca, situada en medio de un pradillo, custodiado por unos guerreros incas. A través de los intérpretes, los españoles inquirieron la presencia del Inca, pero este demoró en salir, a tal punto que inquietó a Hernando, quien ofuscado, ordenó a Martinillo: «¡Decidle al perro que salga!

Tras el exabrupto de Hernando Pizarro, un orejón o noble inca salió del palacete a observar la situación y luego tornó al interior, informando a Atahualpa que se hallaba afuera el mismo español irascible que lo había golpeado en Poechos, sede del curacazgo de Maizavilca.

En efecto, dicho orejón era Ciquinchara, el espía que había sido enviado por el Sapa Inca para que observara a los españoles, cuando estos todavía se hallaban en Poechos en el actual departamento de Piura , ocasión en la que sufrió la ira de Hernando Pizarro. Atahualpa se animó entonces a salir, caminando hacia la puerta del palacete y procediendo a sentarse sobre un banco colorado, siempre tras una cortina que únicamente dejaba ver su silueta.

De inmediato, Soto se acercó a la cortina, aún encabalgado, y le presentó la invitación a Atahualpa, aunque éste ni siquiera lo miró.

Más bien, se dirigió a uno de sus orejones y le susurró algunas cosas. Hernando Pizarro, muy irascible, perdió nuevamente los papeles y comenzó a vociferar una serie de cosas que acabaron por llamar la atención del Inca, que ordenó que le retirasen la cortina.

Atahualpa miró muy particularmente al osado que lo había llamado «perro», pero se dirigió a Soto, diciéndole que avisara a su jefe que al día siguiente iría a verlo en Cajamarca y que ahí deberían pagarle todo lo que tomaron durante su estancia en sus tierras.

Hernando Pizarro, sintiéndose desplazado, le dijo a Martinillo que le comunicara al Sapa Inca que entre él y el capitán Soto no había diferencia, porque ambos eran capitanes de Su Majestad española.

Pero Atahualpa no se inmutó, mientras cogía dos vasos de oro, llenos de chicha o licor de maíz, que le alcanzaron algunas mujeres. Soto le comentó al Inca que su compañero era hermano del Gobernador. El Inca siguió mostrándose indiferente ante Hernando Pizarro, pero finalmente se dirigió a él, diciéndole que su capitán Maizavilca le había informado sobre la manera en que había humillado a varios caciques encadenándolos, y que, de otro lado, el mismo Maizavilca se vanagloriaba de haber matado a tres cristianos y a un caballo; a lo que el impulsivo Hernando contestó que Maizavilca era un bellaco y que él y todos los indios no podrían nunca matar cristianos ni caballos porque eran todos unas gallinas, y que si quería comprobarlo, que él mismo le acompañara en la guerra contra sus enemigos, para que viera cómo se batían los españoles.

Luego, el Sapa Inca ofreció a los españoles los vasos de licor, pero aquellos, temerosos de que la bebida estuviera envenenada, se excusaron de tomarla, diciendo que estaban en ayuno. A lo que el Inca replicó diciendo que él también estaba ayunando y que el licor de ningún modo hacía romper el ayuno.

Para que se disipara cualquier temor, el Inca probó un sorbo de cada uno de los vasos, lo que tranquilizó a los españoles, que bebieron entonces el licor. Soto, montado en su caballo, quiso enseguida lucirse y comenzó a galopar, haciendo cabriolas ante el Sapa Inca; de repente avanzó sobre el monarca como queriendo atropellarle, pero paró en seco.

Soto quedó asombrado al ver que el Inca había permanecido inmutable, sin hacer el menor gesto de miedo. Algunos de los servidores del Inca mostraron temor y por ello fueron castigados.

Atahualpa ordenó luego traer más bebida y todos bebieron. Finalizó la entrevista con la promesa de Atahualpa de ir al día siguiente a encontrarse con Francisco Pizarro. El Sapa Inca, una vez que se fueron los españoles, ordenó que veinte mil soldados imperiales se apostasen en las afueras de Cajamarca, para capturar a los españoles: estaba seguro de que al ver tanta gente, los españoles se rendirían.

Atahualpa ideó un plan para capturar a los españoles poniendo a cargo a Rumiñahui para que lo ejecutara. Sin embargo, Rumiñahui huyó cuando se produjo la captura de Atahualpa. La hueste española constaba de hombres de guerra: 63 jinetes, 93 infantes, 4 artilleros, 2 arcabuceros y 2 trompetas.

Contaban además con tres intérpretes indígenas: Felipillo, Francisquillo y Martinillo. Los esclavos negros y nicaraguas venidos con los españoles eran muy pocos y debieron actuar solo como escuderos. No tenían perros de guerra, pues estos se habían quedado en San Miguel.

Era inevitable que en la noche del 15 de noviembre de , previa al encuentro con el Sapa Inca, cundiera el miedo entre la tropa española. Y a la verdad el indio la decía porque yo oí a muchos españoles que sin sentirlo se orinaban de puro temor». Pizarro dispuso que el griego Pedro de Candía se colocase en lo más alto de la fortalecilla o tambo real, en el centro de la plaza, con dos o tres infantes y dos falconetes o cañones pequeños, adjuntándoles además dos trompetas.

A los de caballo los dividió en dos fracciones, al mando de Hernando de Soto y de Hernando Pizarro, respectivamente. La infantería también fue dividida en dos fracciones, una al mando de Francisco Pizarro y la otra al mando de Juan Pizarro. Todos debían estar escondidos en los edificios que rodeaban la plaza, esperando la llegada del Inca y hasta escuchar la señal de ataque.

Esta sería un arcabuzazo disparado por uno de los que estaban con Pizarro, y el sonoro grito de ¡Santiago! Si por alguna razón el disparo no fuera oído por Candia, se agitaría un pañuelo blanco como señal para que el griego disparara su falconete e hiciera sonar las trompetas los trompeteros eran Juan de Segovia y Pedro de Alconchel.

La orden era causar estragos entre los indios y capturar al Sapa Inca. Los cronistas fijan las cuatro de la tarde como la hora en que Atahualpa ingresó a la plaza de Cajamarca, pensado que su ejército de Miguel de Estete dice: «A la hora de las cuatro comienzan a caminar por su calzada delante, derecho a donde nosotros estábamos; y a las cinco o poco más, llegó a la puerta de la ciudad».

El Inca comenzó su entrada en Cajamarca, antecedida por su vanguardia de cuatrocientos hombres, ingresó a la plaza con toda su gente, en una «litera muy rica, los cabos de los maderos cubiertos de plata Por su parte, Jerez señala: «Entre estos venía Atahualpa en una litera aforrada de plumas de papagayos de muchos colores, guarnecida de chapas de oro y plata».

Detrás del Sapa Inca venían otras dos literas, donde iban dos personajes importantes del Imperio: uno de ellos era el Chinchay Cápac, el gran señor de Chincha, y el otro probablemente era el Chimú Cápac o gran señor de los chimúes otros dicen que era el señor de Cajamarca.

Los guerreros incas que ingresaron al recinto se calcula en número de 6. Francisco Pizarro envió ante el Sapa Inca al fraile dominico, fray Vicente de Valverde , al soldado Hernando de Aldana y al intérprete Martinillo. Ante el Inca, el fraile Valverde hizo el requerimiento formal a Atahualpa de abrazar la fe católica y someterse al dominio del rey de España, al mismo tiempo que le entregaba un breviario o un Evangelio de la Biblia.

El diálogo que siguió es narrado de forma diferente por los testigos. Según algunos cronistas, la reacción del Sapa Inca fue de sorpresa, curiosidad, indignación y desdén. Atahualpa abrió y revisó el evangelio minuciosamente. Al no encontrarle significado alguno, lo tiró al suelo, mostrando singular desprecio.

La reacción posterior de Atahualpa fue decirle a Valverde que los españoles devolviesen todo lo que habían tomado de sus tierras sin su consentimiento, reclamándoles en especial las ropas que habían tomado de sus almacenes; que nadie tenía autoridad para decirle al Hijo del Sol lo que tenía que hacer y que él haría su voluntad; y finalmente, que los extranjeros «se fuesen por bellacos y ladrones»; en caso contrario los mataría.

Lleno de miedo, el fraile Valverde corrió donde Pizarro, seguido de Aldana y el indio intérprete, al tiempo que gritaba al jefe español: «¡Qué hace vuestra merced, que Atabalipa está hecho un Lucifer!

A una señal de Francisco Pizarro se puso en marcha lo planificado. Candía disparó su falconete, tocaron las trompetas y salieron los jinetes al mando de Hernando de Soto y de Hernando Pizarro.

Los caballos fueron los que causaron más pánico a los indígenas, que no atinaron a defenderse y solo pensaron en huir de la plaza; tal era la desesperación, que formaron pirámides humanas para llegar a lo alto del muro que circundaba la plaza, muriendo muchos asfixiados por la aglomeración.

Hasta que finalmente, debido a la tremenda presión, el muro se derrumbó, y por encima de los muertos aplastados, los sobrevivientes huyeron por la campiña. Tras ellos se lanzaron los jinetes españoles, dando alcance y matando a todos los que pudieron.

Mientras tanto, en la plaza de Cajamarca, Francisco Pizarro buscaba el anda del Sapa Inca, mientras que Juan Pizarro y los suyos cercaban al Señor de Chincha y lo mataban en su litera. Entre esos capitanes del Inca que cayeron ese día figuraba Ciquinchara, el mismo que había oficiado de embajador ante los españoles durante el trayecto entre Piura y Cajamarca.

Igual suerte hubiera corrido Atahualpa, de no ser por la intervención de Francisco Pizarro. Sucedía que los españoles no podían derribar la litera del Sapa Inca, a pesar de que mataban a los portadores, pues cuando estos caían, otros cargadores de refresco se apresuraban a reemplazarlos.

Así estuvieron forcejeando gran tiempo; un español quiso herir al Inca de un cuchillazo, pero Pizarro se interpuso a tiempo, gritando que «nadie hiera al indio so pena de la vida Al fin cayó el anda y el Sapa Inca fue capturado, siendo llevado preso a un edificio, llamado Amaru Huasi.

La razón de porque Pizarro quería vivo a Atahualpa fue, aparte de la influencia de una mentalidad propia del caballerismo medieval, por cuestiones implícitas de Protocolos con el soberano, el cual era merecedor de respeto por sus derechos señoriales y que se mantenga representando a sus súbditos en los acuerdos y pactos venideros.

También influyo los dictámenes de la propia Corona Española y las Leyes de Burgos que reconocían a los indios con naturaleza jurídica de hombre libre cuyas tradiciones e instituciones debían ser respetadas por sus derechos como personas humanas incluido su derecho a poder organizarse en sociedad con su propia Civitas.

La figura del Inca era garantía para establecer el nuevo orden para integrar su gobernación a la Monarquía. Tras la victoria en Cajamarca los vencedores se repartieron el botín de guerra en Pultumarca o los Baños del Inca. El soldado cronista Estete dice: « todas esas cosas de tiendas y ropas de lana y algodón eran en tan gran cantidad que a mi parecer fueran menester muchos navíos en que cupieran».

Otro cronista dice: « el oro y la plata y otras cosas de valor se recogió todo y se llevó a Cajamarca y se puso en poder del Tesorero de Su Majestad. Atahualpa dijo que todo esto era vajilla de su servicio, y que sus indios que habían huido habían llevado otra mucha cantidad». Fueron los primeros trofeos de importancia que tomaron los españoles.

Los metales preciosos llegaron a sumar ochenta mil pesos en oro y siete mil marcos en plata; también encontraron catorce esmeraldas. Era tanto el botín, que los españoles, al volver a Cajamarca, decidieron solo llevarse las piezas de oro y plata, dejando todo lo demás.

Para tal fin, comenzaron a tomar prisioneros entre los nativos, pero, ante su asombro, vieron que estos se ofrecían voluntariamente para realizar la labor de cargueros, llevando a sumar miles.

Todos ellos se reunieron en la plaza de Cajamarca; allí, Francisco Pizarro les habló por medio de un intérprete, diciéndoles que el Sapa Inca se hallaba vivo, pero que era su prisionero. Luego, viendo que los indígenas eran pacíficos, ordenó que los liberaran. Sucedía que todos esos pobladores eran huascaristas, partidarios de Huáscar, y por lo tanto, enemigos de Atahualpa, y como tales, se hallaban agradecidos con los españoles, a quienes veían como aliados.

De entre ellos Pizarro escogió a los más fuertes para que sirvieran de cargadores; también separó a las nativas más jóvenes y bellas, destinadas a ser las sirvientas de los españoles. Los relatos que nos han dejado los cronistas españoles y en especial los de Pedro Pizarro, que pudo entrevistar al soberano durante su encarcelamiento, permiten conocer las fuertes emociones que sufrió tras las traumáticas situaciones del enfrentamiento en la plaza de Cajamarca.

Una vez conducido al recinto de una casa estrecha, Atahualpa había temido por su vida. Cada vez que un soldado español aparecía en el umbral de su celda, se ponía rígido ante la expectativa de un golpe fatal, pero el tiempo pasaba y nadie lo ofendía. Finalmente apareció Pizarro y, a través de un intérprete, le dijo que se preparara para disfrutar con él de una sencilla cena.

El Inca se esforzó por mantener durante toda la velada un porte lo más digno posible, respondiendo en pocas palabras a las muchas preguntas que le hacían. Mientras tanto, estudiaba a sus interlocutores.

Estando en prisión Atahualpa, recibía en visita a los curacas que le traían obsequios, en oro y plata. El Inca se dio cuenta entonces de que esos metales preciosos tenían para los españoles otro valor, diferente, al que él y su pueblo le daban.

También se dio cuenta y se convenció de que la única forma de salvarse era ofreciéndoles gran cantidad de oro y plata. Y así lo hizo. Le propuso a Francisco Pizarro que le daría, a cambio de su libertad, una sala llena, hasta donde alcanzaba su mano alzada, con diversas piezas de oro: cántaros, ollas, tejuelos, etc.

La sala, conocida ahora como el Cuarto del Rescate , medía 22 pies de largo y 17 de ancho datos de Jerez. Atahualpa prometió que cumpliría en reunir toda esa cantidad de metales preciosos en un plazo de dos meses.

Pizarro, incrédulo, no había pensado en un rescate y aún estudiaba cómo sacar el mejor provecho de su prisionero real. Evidentemente, el encarcelamiento hirió al gobernante inca y le provocó alucinaciones.

Sin embargo, al ver que el Inca persistía, le siguió el juego, tal vez pensando que aunque solo obtuviera una cantidad mínima de oro, sería mejor que nada.

Para evitar dudas, Pizarro hizo venir a un notario y se estipuló un contrato en toda regla. Pizarro comenzó a tomar una serie de providencias; reforzó la seguridad de Cajamarca, con obras civiles, en las cuales trabajaron «muchos indios huascaristas». La vigilancia se hizo permanente, por rondas, de 50 soldados de a caballo, durante el día y gran parte de la noche.

Durante las madrugadas, era de de a caballo, amén de los espías, informantes y vigías de pie; indios y españoles. El primer cargamento de oro ofrecido por Atahualpa llegó del sur y lo trajo un hermano del Inca, «trájole unas hermanas y mujeres de Atahualpa, y trajo muchas vasillas de oro; cántaros y ollas y otras piezas y mucha plata, y dijo que por el camino venía más; que como es tan larga la jornada, cansan los indios que lo traen y no pueden llegar tan aína; que cada día entrará más oro y plata de los que quedan más atrás».

Pizarro, cambiado de percepción, iba acumulando esas piezas en uno de los aposentos donde estaba Atahualpa, «hasta que cumpla su promesa». Sin embargo, los soldados españoles comenzaron a murmurar que, al ritmo que iba la recolección, no se llenarían los cuartos o galpones en el plazo fijado.

Al darse cuenta de esos comentarios, Atahualpa propuso a Pizarro que, para agilizar el acarreo del oro y la plata, enviara a sus soldados, tanto al santuario de Pachacámac , que se encontraba a «diez jornadas al sur», como a la ciudad del Cuzco, capital del Imperio, lugares que estaban repletos de esas riquezas.

Pizarro aceptó la propuesta. Mientras ocurrían los sucesos de Cajamarca, arribaron al puerto de Manta actual Ecuador seis navíos. El 20 de enero de , Pizarro recibió mensajeros enviados desde San Miguel de Tangarará, avisándole de tal arribo.

Tres de las naves mayores venían de Panamá, al mando de Diego de Almagro, con hombres. Las otras tres carabelas llegaron de Nicaragua, con 30 hombres más. En total desembarcaron hombres, además de 84 caballos, refuerzo apreciable para la empresa de la conquista.

El curaca de Tumbes entró en rebeldía, mas no levantó a su gente. Se iniciaba una nueva etapa de la conquista, que fue más de consolidación del triunfo que habían tenido en la plaza de Cajamarca y de reparto del primer botín de guerra. A Francisco Pizarro debió preocuparle no sólo la presión de sus hombres para el reparto del oro y la plata, sino la presión que debían estar recibiendo sus socios en Panamá y Nicaragua para el pago de los fletes y demás pertrechos, para demostrar el éxito de su empresa y poder así reclutar más gente para la empresa, gente que por otro lado debía necesitar con suma urgencia, dada la escasez de hombres con que contaban.

Siguiendo el consejo de Atahualpa para apresurar la recolecta del oro y la plata, Pizarro envió a un grupo de españoles a Pachacámac, en la costa del valle de Lima; se trataba de un célebre santuario de origen preinca , sede de un oráculo de prestigio, donde iban en peregrinación los nativos.

Entre los expedicionarios se hallaba Miguel de Estete , quien escribiría una Relación de este viaje. Para que les sirvieran de guías, Atahualpa entregó a los españoles al gran sacerdote de Pachacámac y otros cuatro sacerdotes menores; también fueron en la expedición cuatro orejones o nobles incaicos.

La expedición partió de Cajamarca el 5 de enero de y siguió el camino real o Qhapaq Ñan. La primera escala importante fue Huamachuco. Luego siguieron por el Callejón de Huaylas , Huaylas , Huaraz y Recuay , bajando a la costa. Pasaron luego por la fortaleza de Paramonga , Barranca y Chancay , y entrando al valle de Lima, se detuvieron en el pueblo de Surco, antes de llegar a Pachacámac, el 2 de febrero de Llegado ante el templo principal de Pachacámac llamado Templo del Sol , que era una pirámide escalonada, Hernando exigió a los servidores del templo que le entregaran todo el oro que guardaban.

Estos le dieron una pequeña cantidad, que no contentó al español, quien ingresó al recinto sagrado y subió hasta la cima, donde se hallaba, dentro de una bóveda pequeña, el ídolo del dios Pachacámac, tallado en madera. Viéndolo como cosa de idolatría, Hernando sacó la imagen y lo quemó, aprovechando la ocasión para adoctrinar a los pobladores en la fe cristiana.

Como encontró poco metal precioso en Pachacámac, en los siguientes días, Hernando mandó mensajeros a los curacazgos aledaños, ordenándoles que trajeran todo el oro posible. Llegaron cargamentos de distintas zonas, como de Chincha, Yauyos y Huarochirí.

Los españoles reunieron un botín valorado en El 26 de febrero de , Hernando Pizarro partió de Pachacámac y se adentró en la sierra, rumbo a Jauja , pues se enteró de que allí se encontraba el general atahualpista Chalcuchímac , con gente de guerra y más oro.

Pasando por la meseta de Bombón y Tarma , Hernando llegó a Jauja, el 16 de marzo. Allí, Chalcuchímac lo recibió con grandes fiestas y comedimientos. Hernando, con astucia, convenció al general atahualpista para que lo acompañara con sus tropas a Cajamarca: "sería un deshonor que tan prestigioso general no visite a su majestad inca".

La expedición de Hernando Pizarro regresó a Cajamarca el 14 de abril de , trayendo «veintisiete cargas de oro y dos mil de plata», pero quizás lo más importante: traía como rehén al feroz Chalcuchímac, así como el conocimiento del vasto territorio en que se extendía el Tahuantinsuyo, al que pudo recorrer gracias a su maravilloso camino o Qhapaq Ñan.

Mientras tanto, el 21 de enero de , ingresó a Cajamarca otro cargamento de oro y plata, traídos por un hermano de Atahualpa. Sabedor de las noticias, Túpac Yupanqui preparó una expedición con embarcaciones y 20 hombres.

El viaje a las "islas" le tomó un año aproximadamente. Contenidos mover a la barra lateral ocultar. Artículo Discusión. Leer Editar Ver historial. Herramientas Herramientas.

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Expedición inca a Oceanía

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Hernando Pizarro regresó por tierra, pero algunos españoles lo hicieron por mar. Por entonces se habían levantado los curacas de la Chira y de Amotape , obligando a los españoles de Hernando Pizarro, a atrincherarse en la huaca Chira y enviar un mensaje a Francisco Pizarro en demanda de ayuda.

Este, al mando de 50 jinetes, se dirigió a auxiliar a sus compañeros de armas, logrando salvarlos. Pizarro castigó severamente a los curacas: luego de someterlos a tormento para que confesaran su conjura, trece de ellos fueron estrangulados y quemados sus cuerpos, según lo cuenta Pedro Pizarro en su crónica.

Pizarro quería tener una visión lo más clara posible de las fuerzas a las que se disponía a enfrentarse y además esperaba refuerzos. Entonces decidió tomarse su tiempo y montar una especie de colonia que podía servir como cabeza de puente de cara a futuras operaciones.

Enterado Maizavilca que Pizarro planeaba fundar una ciudad de cristianos cerca de su territorio, se incomodó y se puso de acuerdo con los demás curacas tallanes sobre la manera de deshacerse de los españoles.

Enviaron mensajeros al inca Atahualpa, que se encontraba entonces en Huamachuco celebrando su triunfo sobre Huáscar, para informarle de la presencia en Tumbes y Piura de gente extraña, de tez blanca y con barba, salidos del mar, que según ellos podían ser los dioses viracochas , aludiendo a una antigua leyenda que vaticinaba la llegada de seres divinos con esas características.

Querían de esa manera que el inca se interesara y que invitara a los españoles a su encuentro. En efecto, Atahualpa se interesó en el asunto y envió un espía a Poechos. Disfrazado de un rústico vendedor de pacaes , Ciquinchara se adentró en el campamento de los españoles sin levantar sospechas.

Pero Hernando Pizarro, maliciando de su presencia, lo empujó y le dio de puntapiés, armándose entonces un alboroto entre los indígenas, lo que aprovechó Ciquinchara para escabullirse e ir donde el Inca, a quien dio un informe. El orejón opinó ante Atahualpa, que cuando se procediese a exterminar a los españoles, se conservaran a estos tres, pues serían de gran utilidad para los incas.

Luego de apaciguar a Chira, Pizarro se dirigió a Tangarará o Tangarala, a orillas del río Chira, en donde se propuso fundar una villa. Se encomendó la exploración de la región al fraile dominico Vicente de Valverde.

La villa de San Miguel de Tangarará, fue fundada el 15 de agosto de según el cálculo hecho por el historiador José Antonio del Busto. Como su teniente de gobernador fue nombrado el contador Antonio Navarro y como alcaldes ordinarios al asturiano Gonzalo Farfán de los Godos y al castellano Blas de Atienza.

Francisco Pizarro hizo el primer reparto de tierras y siervos indios entre los españoles que quisieron afincarse en la villa. Este primer reparto incluyó además de Piura, Tumbes, el más codiciado repartimiento, que le fue concedido a Hernando de Soto.

Tenía todas las apariencias de un pequeño pueblo español. Estaba dotado de una iglesia, una fortaleza y hasta una sala de audiencias, donde funcionaban distintas instituciones, cada una con sus propios administradores civiles o eclesiásticos.

Este acto pretendía demostrar que la colonización de la región había comenzado. Para validar mejor la posesión del distrito, Pizarro impuso a todos los habitantes el respeto a las leyes españolas, suscitando evidentemente un descontento generalizado que derivó, en algunos casos, en abierta rebelión.

Sin embargo, los españoles no tenían la intención de soportar acciones hostiles y golpearon con una violencia despiadada. San Miguel de Tangarará, actual ciudad de Piura , fue la primera ciudad española fundada en el Perú y en todo el hemisferio sur.

Tiempo después, en , su sede fue trasladada a donde se halla actualmente, en Tacalá, en el valle del río Piura. Los españoles siguieron recibiendo noticias sobre la riqueza y la inmensidad del imperio incaico. Así, supieron de la existencia, más al sur, en la costa, de Chincha , gran emporio comercial, marítimo y terrestre; y de la fabulosa ciudad del Cuzco, que se hallaba más adentro, en la sierra, capital del imperio.

Sabían también que el inca Atahualpa, luego de vencer a su hermano Huáscar, se hallaba en Cajamarca, a doce o quince jornadas de San Miguel, a donde se llegaba cruzando una inmensa cordillera. El miedo cundió en algunos españoles, que querían regresar a Panamá.

Cierto día se halló en la puerta de la iglesia de San Miguel un papel clavado donde estaba escrita una copla contra Pizarro. Se acusó de ser su autor a Juan de la Torre , uno de los trece de la fama, quien, sometido a tortura, confesó su responsabilidad, siendo condenado a muerte.

Pero Pizarro le conmutó la pena y lo desterró, siendo embarcado en un navío mercante. Algunos años después se comprobó su inocencia y retornó al Perú. Pizarro entendió que tenía que intervenir en la disputa si quería ganarse la confianza de uno de los dos contendientes. Por ahora, ese era su objetivo, salvo apuntar más alto si las circunstancias se lo permitían.

El primero de los dos hermanos que lucharon por interesarse por los españoles fue Atahualpa. El señor de Quito envió una verdadera embajada, especialmente con el objetivo de recoger noticias sobre los extranjeros.

No sabemos en cuál de los dos rivales decidió apoyarse Pizarro. Tal vez se inclinó hacia a Huáscar que pensó que era el ganador más probable, pero ciertamente no tenía simpatías preconcebidas cuando decidió escalar los Andes para encontrarse con Atahualpa.

Luego de dictar una serie de disposiciones y de reforzar su retaguardia, Pizarro emprendió la marcha a Cajamarca. El cronista Jerez dice que Pizarro salió de San Miguel el 24 de septiembre de Pizarro cruzó el río Chira y luego de tres días de marcha, llegó al fértil valle del río Piura, donde se detuvo diez días.

Descontando algunos que regresaron a San Miguel a solicitud del teniente de gobernador de esa villa , la hueste de Pizarro quedó conformada por 62 jinetes y infantes. Pizarro partió de Piura el 8 de octubre de Ese mismo día envió una avanzada de 50 a 60 soldados, al mando de Hernando de Soto, hacia el pueblo de Caxas o Cajas actualmente desaparecido , donde se decía que estaba el ejército de Atahualpa; de paso, Soto debía conseguir el vasallaje de los nativos.

No obstante, los españoles hallaron depósitos de alimentos y ropas, y un acllahuasi con más de acllas o vírgenes del Sol, que Soto repartió entre sus hombres. Fue entonces cuando apareció Ciquinchara, el espía inca enviado a Poechos, quien recriminó a Soto por su osadía; luego se presentó como embajador de Atahualpa, con la misión de ir a invitar a Pizarro para que fuese al encuentro con el Sapa Inca.

Ciquinchara llevaba unos curiosos presentes para Pizarro: unos patos desollados y unas fortalecillas de piedra. Soto partió de Caxas el 13 de octubre, acompañado de Ciquinchara, y llegó a Huancabamba , un pueblo con mejores edificios y una fortaleza de piedra bien labrada.

Por allí pasaba el camino del Inca o Qhapaq Ñan, que causó asombro a los españoles por su grandeza y su buena fábrica, enterándose de que unía Quito con el Cuzco a lo largo de leguas. Mientras tanto, Pizarro llegó al pueblo de Pavur, en la orilla derecha del río Piura.

Luego, pasando a la margen opuesta, el 10 de octubre llegó al pueblo o fortaleza de Zarán o Serrán, donde acampó para esperar a Soto, quien llegó el 16 de octubre. Luego de esto el embajador retornó donde Atahualpa llevando consigo unos regalos que enviaba con él Francisco Pizarro una camisa blanca y muy fina, cuchillos, tijeras, peines y espejos de España y para informarle que el jefe español «se apresuraría en llegar a Caxamarca y ser amigo del Inca».

Tras descansar ocho días en Serrán, Pizarro partió el 19 de octubre de , continuando su marcha hacia Cajamarca. Pasó por los pueblos de Copis, Motupe, Jayanca y Túcume, en tierra de los lambayeque.

El 30 de octubre llegó al pueblo de Cinto, cuyo curaca informó a Pizarro de que Atahualpa había estado en Huamachuco y de que se dirigía a Cajamarca con cincuenta mil hombres de guerra. Desde Cinto, Pizarro envió a un jefe tallán, de nombre Guachapuro, como su mensajero para hablar con Atahualpa, con algunos presentes una copa de cristal de Venecia, borceguíes, camisas de Holanda, cuenta de vidrio y perlas.

El 4 de noviembre Pizarro prosiguió su marcha, pasando por Reque, Mocupe y Saña, esta última una población grande y con mucha comida, al pie de la sierra. Uno de ellos llevaba a Chincha y el otro a Cajamarca. Algunos españoles opinaban que sería mejor ir a Chincha y postergar el encuentro con Atahualpa.

Sin embargo, Pizarro decidió continuar hacia Cajamarca, aduciendo que ya el Inca sabía que había partido de San Miguel y que iba a su encuentro, habiéndole incluso enviado mensajes en ese sentido; cambiar la ruta haría creer a Atahualpa de que los españoles rehuían por cobardía.

Con ello, los demás no saben qué hacer". Él mismo ya lo había experimentado en Coaque, Puná y Tumbes, y sabía que apresando un curaca y teniéndolo como rehén se ganaba mucho. En cambio, suelto, el curaca se convertía en enemigo peligroso.

El 8 de noviembre de , los españoles empezaron a subir la cordillera. El resto, al mando de Hernando Pizarro, formaría la retaguardia y se uniría a Pizarro cuando él lo indicase. Luego de un día de marcha, Pizarro mandó decir a su hermano Hernando que se le uniese para continuar el viaje juntos.

El camino serpenteaba entre impresionantes acantilados y cruzaba oscuros desfiladeros donde un puñado de hombres fácilmente podría haber obstruido el camino, pero no había el menor indicio de nativos armados.

Atormentados por el intenso frío y preocupados por la suerte de los caballos, poco acostumbrados a caminar por senderos de cabras, los españoles avanzaban con cautela, cada vez más inquietos por el extraño comportamiento de Atahualpa y nada tranquilizados por los mensajes que este, de vez en cuando, enviaba.

El 9 de noviembre de Pizarro acampó en medio del frío de la sierra, donde recibió una embajada de Atahualpa, con diez llamas que el Inca había enviado como regalo y avisándole que este se hallaba hacía cinco días en Cajamarca.

El 10 de diciembre Pizarro prosiguió su camino y acampó en un lugar que podría ser la actual población de Pallaques. Ciquinchara acompañó a Pizarro durante todo el camino a Cajamarca. Pizarro continuó el viaje, llegando el 11 de noviembre a un lugar que posiblemente es la actual Llapa, donde descansó todo el día El camino era muy fatigoso, por ser muy áspero, lleno de riscales y abismos.

El 13 de noviembre de regresó Guachapuro, el mensajero tallán que envió Pizarro ante Atahualpa. Cuenta Jerez que Guachapuro, viendo al embajador del Sapa Inca Ciquinchara , arremetió contra él y lo cogió de las orejas, siendo separado por Pizarro, que le preguntó la razón de su agresión.

Guachapuro dio las siguientes explicaciones: que el enviado del Sapa Inca era un mentiroso, que Atahualpa no estaba en Cajamarca sino en el campo Baños del Inca y tenía mucha gente de guerra acampadas en innumerables tiendas; que a él lo habían querido matar, pero se había salvado porque amenazó con que los embajadores de Atahualpa serían ajusticiados por Pizarro; que no permitieron que hablara directamente con el Inca, porque estaba ayunando, y se entrevistó, por fin, con un tío de Atahualpa, quien le requirió por los cristianos, siendo esta su respuesta:.

Por su parte, Ciquinchara, un tanto asombrado de escuchar que un tallán hablara con tanto atrevimiento, replicó así: que si Atahualpa no estaba en Cajamarca era porque sus casas habían sido reservadas para aposentar a los cristianos; que Atahualpa se hallaba en el campo porque esa era su costumbre desde que estaba en guerra con Huáscar; que cuando el Sapa Inca ayunaba no dejaban que hablara con nadie más sino con su padre el Inti.

Muy diplomáticamente, Pizarro, zanjó la discusión, dando a entender que no tenía por qué dudar de la intención pacífica de Atahualpa. Los españoles continuaron su camino. El 14 de noviembre, descansaron en Zavana, A falta de un solo día para llegar a Cajamarca.

En Zavana recibieron otra embajada de Atahualpa, con comida. Los españoles divisaron Cajamarca desde las alturas de Shicuana, al noreste del valle. Era el mediodía del viernes 15 de noviembre de Habían caminado 53 días desde San Miguel de Tangarará.

El Inca Garcilaso de la Vega y Miguel de Estete aseguran que los españoles encontraron en Cajamarca «gente popular y algunos de la gente de guerra» de Atahualpa.

Además, que fueron bien recibidos. Otros cronistas, como Jerez, aseguran que los españoles no encontraron gente en el poblado. Cuando Pizarro entró en Cajamarca, Atahualpa se encontraba a media legua de la ciudad, en Pultumarca o los Baños del Inca , donde había asentado su real, «con cuarenta mil indios de guerra», como cuenta Pedro Pizarro.

Este campamento, conformado por extensas hileras de tiendas blancas, con miles de guerreros y servidores incas, apostados en la falda de una sierra, debió ofrecer una vista sorprendente a los conquistadores. El cronista soldado Miguel de Estete , testigo de los hechos, relata así sus impresiones:.

Entrados en Cajamarca, Francisco Pizarro envió a Hernando de Soto con veinte jinetes y el intérprete Felipillo, como embajada para decirle a Atahualpa «que él venía de parte de Dios y del Rey a los predicar y tenerlos por amigos, y otras cosas de paz y amistad, y que se viniese a ver con él.

Tras cruzar el campamento inca, Soto primero, y luego Hernando Pizarro, llegaron ante el palacete del Sapa Inca, situada en medio de un pradillo, custodiado por unos guerreros incas. A través de los intérpretes, los españoles inquirieron la presencia del Inca, pero este demoró en salir, a tal punto que inquietó a Hernando, quien ofuscado, ordenó a Martinillo: «¡Decidle al perro que salga!

Tras el exabrupto de Hernando Pizarro, un orejón o noble inca salió del palacete a observar la situación y luego tornó al interior, informando a Atahualpa que se hallaba afuera el mismo español irascible que lo había golpeado en Poechos, sede del curacazgo de Maizavilca.

En efecto, dicho orejón era Ciquinchara, el espía que había sido enviado por el Sapa Inca para que observara a los españoles, cuando estos todavía se hallaban en Poechos en el actual departamento de Piura , ocasión en la que sufrió la ira de Hernando Pizarro. Atahualpa se animó entonces a salir, caminando hacia la puerta del palacete y procediendo a sentarse sobre un banco colorado, siempre tras una cortina que únicamente dejaba ver su silueta.

De inmediato, Soto se acercó a la cortina, aún encabalgado, y le presentó la invitación a Atahualpa, aunque éste ni siquiera lo miró. Más bien, se dirigió a uno de sus orejones y le susurró algunas cosas. Hernando Pizarro, muy irascible, perdió nuevamente los papeles y comenzó a vociferar una serie de cosas que acabaron por llamar la atención del Inca, que ordenó que le retirasen la cortina.

Atahualpa miró muy particularmente al osado que lo había llamado «perro», pero se dirigió a Soto, diciéndole que avisara a su jefe que al día siguiente iría a verlo en Cajamarca y que ahí deberían pagarle todo lo que tomaron durante su estancia en sus tierras.

Hernando Pizarro, sintiéndose desplazado, le dijo a Martinillo que le comunicara al Sapa Inca que entre él y el capitán Soto no había diferencia, porque ambos eran capitanes de Su Majestad española. Pero Atahualpa no se inmutó, mientras cogía dos vasos de oro, llenos de chicha o licor de maíz, que le alcanzaron algunas mujeres.

Soto le comentó al Inca que su compañero era hermano del Gobernador. El Inca siguió mostrándose indiferente ante Hernando Pizarro, pero finalmente se dirigió a él, diciéndole que su capitán Maizavilca le había informado sobre la manera en que había humillado a varios caciques encadenándolos, y que, de otro lado, el mismo Maizavilca se vanagloriaba de haber matado a tres cristianos y a un caballo; a lo que el impulsivo Hernando contestó que Maizavilca era un bellaco y que él y todos los indios no podrían nunca matar cristianos ni caballos porque eran todos unas gallinas, y que si quería comprobarlo, que él mismo le acompañara en la guerra contra sus enemigos, para que viera cómo se batían los españoles.

Luego, el Sapa Inca ofreció a los españoles los vasos de licor, pero aquellos, temerosos de que la bebida estuviera envenenada, se excusaron de tomarla, diciendo que estaban en ayuno. A lo que el Inca replicó diciendo que él también estaba ayunando y que el licor de ningún modo hacía romper el ayuno.

Para que se disipara cualquier temor, el Inca probó un sorbo de cada uno de los vasos, lo que tranquilizó a los españoles, que bebieron entonces el licor. Soto, montado en su caballo, quiso enseguida lucirse y comenzó a galopar, haciendo cabriolas ante el Sapa Inca; de repente avanzó sobre el monarca como queriendo atropellarle, pero paró en seco.

Soto quedó asombrado al ver que el Inca había permanecido inmutable, sin hacer el menor gesto de miedo. Algunos de los servidores del Inca mostraron temor y por ello fueron castigados. Atahualpa ordenó luego traer más bebida y todos bebieron. Finalizó la entrevista con la promesa de Atahualpa de ir al día siguiente a encontrarse con Francisco Pizarro.

El Sapa Inca, una vez que se fueron los españoles, ordenó que veinte mil soldados imperiales se apostasen en las afueras de Cajamarca, para capturar a los españoles: estaba seguro de que al ver tanta gente, los españoles se rendirían.

Atahualpa ideó un plan para capturar a los españoles poniendo a cargo a Rumiñahui para que lo ejecutara. Sin embargo, Rumiñahui huyó cuando se produjo la captura de Atahualpa. La hueste española constaba de hombres de guerra: 63 jinetes, 93 infantes, 4 artilleros, 2 arcabuceros y 2 trompetas.

Contaban además con tres intérpretes indígenas: Felipillo, Francisquillo y Martinillo. Los esclavos negros y nicaraguas venidos con los españoles eran muy pocos y debieron actuar solo como escuderos.

No tenían perros de guerra, pues estos se habían quedado en San Miguel. Era inevitable que en la noche del 15 de noviembre de , previa al encuentro con el Sapa Inca, cundiera el miedo entre la tropa española.

Y a la verdad el indio la decía porque yo oí a muchos españoles que sin sentirlo se orinaban de puro temor». Pizarro dispuso que el griego Pedro de Candía se colocase en lo más alto de la fortalecilla o tambo real, en el centro de la plaza, con dos o tres infantes y dos falconetes o cañones pequeños, adjuntándoles además dos trompetas.

A los de caballo los dividió en dos fracciones, al mando de Hernando de Soto y de Hernando Pizarro, respectivamente. La infantería también fue dividida en dos fracciones, una al mando de Francisco Pizarro y la otra al mando de Juan Pizarro. Todos debían estar escondidos en los edificios que rodeaban la plaza, esperando la llegada del Inca y hasta escuchar la señal de ataque.

Esta sería un arcabuzazo disparado por uno de los que estaban con Pizarro, y el sonoro grito de ¡Santiago! Si por alguna razón el disparo no fuera oído por Candia, se agitaría un pañuelo blanco como señal para que el griego disparara su falconete e hiciera sonar las trompetas los trompeteros eran Juan de Segovia y Pedro de Alconchel.

La orden era causar estragos entre los indios y capturar al Sapa Inca. Los cronistas fijan las cuatro de la tarde como la hora en que Atahualpa ingresó a la plaza de Cajamarca, pensado que su ejército de Miguel de Estete dice: «A la hora de las cuatro comienzan a caminar por su calzada delante, derecho a donde nosotros estábamos; y a las cinco o poco más, llegó a la puerta de la ciudad».

El Inca comenzó su entrada en Cajamarca, antecedida por su vanguardia de cuatrocientos hombres, ingresó a la plaza con toda su gente, en una «litera muy rica, los cabos de los maderos cubiertos de plata Por su parte, Jerez señala: «Entre estos venía Atahualpa en una litera aforrada de plumas de papagayos de muchos colores, guarnecida de chapas de oro y plata».

Detrás del Sapa Inca venían otras dos literas, donde iban dos personajes importantes del Imperio: uno de ellos era el Chinchay Cápac, el gran señor de Chincha, y el otro probablemente era el Chimú Cápac o gran señor de los chimúes otros dicen que era el señor de Cajamarca.

Los guerreros incas que ingresaron al recinto se calcula en número de 6. Francisco Pizarro envió ante el Sapa Inca al fraile dominico, fray Vicente de Valverde , al soldado Hernando de Aldana y al intérprete Martinillo. Ante el Inca, el fraile Valverde hizo el requerimiento formal a Atahualpa de abrazar la fe católica y someterse al dominio del rey de España, al mismo tiempo que le entregaba un breviario o un Evangelio de la Biblia.

El diálogo que siguió es narrado de forma diferente por los testigos. Según algunos cronistas, la reacción del Sapa Inca fue de sorpresa, curiosidad, indignación y desdén.

Atahualpa abrió y revisó el evangelio minuciosamente. Al no encontrarle significado alguno, lo tiró al suelo, mostrando singular desprecio. La reacción posterior de Atahualpa fue decirle a Valverde que los españoles devolviesen todo lo que habían tomado de sus tierras sin su consentimiento, reclamándoles en especial las ropas que habían tomado de sus almacenes; que nadie tenía autoridad para decirle al Hijo del Sol lo que tenía que hacer y que él haría su voluntad; y finalmente, que los extranjeros «se fuesen por bellacos y ladrones»; en caso contrario los mataría.

Lleno de miedo, el fraile Valverde corrió donde Pizarro, seguido de Aldana y el indio intérprete, al tiempo que gritaba al jefe español: «¡Qué hace vuestra merced, que Atabalipa está hecho un Lucifer!

A una señal de Francisco Pizarro se puso en marcha lo planificado. Candía disparó su falconete, tocaron las trompetas y salieron los jinetes al mando de Hernando de Soto y de Hernando Pizarro. Los caballos fueron los que causaron más pánico a los indígenas, que no atinaron a defenderse y solo pensaron en huir de la plaza; tal era la desesperación, que formaron pirámides humanas para llegar a lo alto del muro que circundaba la plaza, muriendo muchos asfixiados por la aglomeración.

Hasta que finalmente, debido a la tremenda presión, el muro se derrumbó, y por encima de los muertos aplastados, los sobrevivientes huyeron por la campiña.

Tras ellos se lanzaron los jinetes españoles, dando alcance y matando a todos los que pudieron. Mientras tanto, en la plaza de Cajamarca, Francisco Pizarro buscaba el anda del Sapa Inca, mientras que Juan Pizarro y los suyos cercaban al Señor de Chincha y lo mataban en su litera.

Entre esos capitanes del Inca que cayeron ese día figuraba Ciquinchara, el mismo que había oficiado de embajador ante los españoles durante el trayecto entre Piura y Cajamarca. Igual suerte hubiera corrido Atahualpa, de no ser por la intervención de Francisco Pizarro.

Sucedía que los españoles no podían derribar la litera del Sapa Inca, a pesar de que mataban a los portadores, pues cuando estos caían, otros cargadores de refresco se apresuraban a reemplazarlos. Así estuvieron forcejeando gran tiempo; un español quiso herir al Inca de un cuchillazo, pero Pizarro se interpuso a tiempo, gritando que «nadie hiera al indio so pena de la vida Al fin cayó el anda y el Sapa Inca fue capturado, siendo llevado preso a un edificio, llamado Amaru Huasi.

La razón de porque Pizarro quería vivo a Atahualpa fue, aparte de la influencia de una mentalidad propia del caballerismo medieval, por cuestiones implícitas de Protocolos con el soberano, el cual era merecedor de respeto por sus derechos señoriales y que se mantenga representando a sus súbditos en los acuerdos y pactos venideros.

También influyo los dictámenes de la propia Corona Española y las Leyes de Burgos que reconocían a los indios con naturaleza jurídica de hombre libre cuyas tradiciones e instituciones debían ser respetadas por sus derechos como personas humanas incluido su derecho a poder organizarse en sociedad con su propia Civitas.

La figura del Inca era garantía para establecer el nuevo orden para integrar su gobernación a la Monarquía. Tras la victoria en Cajamarca los vencedores se repartieron el botín de guerra en Pultumarca o los Baños del Inca.

El soldado cronista Estete dice: « todas esas cosas de tiendas y ropas de lana y algodón eran en tan gran cantidad que a mi parecer fueran menester muchos navíos en que cupieran».

Otro cronista dice: « el oro y la plata y otras cosas de valor se recogió todo y se llevó a Cajamarca y se puso en poder del Tesorero de Su Majestad. Atahualpa dijo que todo esto era vajilla de su servicio, y que sus indios que habían huido habían llevado otra mucha cantidad».

Fueron los primeros trofeos de importancia que tomaron los españoles. Los metales preciosos llegaron a sumar ochenta mil pesos en oro y siete mil marcos en plata; también encontraron catorce esmeraldas.

Era tanto el botín, que los españoles, al volver a Cajamarca, decidieron solo llevarse las piezas de oro y plata, dejando todo lo demás. Para tal fin, comenzaron a tomar prisioneros entre los nativos, pero, ante su asombro, vieron que estos se ofrecían voluntariamente para realizar la labor de cargueros, llevando a sumar miles.

Todos ellos se reunieron en la plaza de Cajamarca; allí, Francisco Pizarro les habló por medio de un intérprete, diciéndoles que el Sapa Inca se hallaba vivo, pero que era su prisionero. Luego, viendo que los indígenas eran pacíficos, ordenó que los liberaran.

Sucedía que todos esos pobladores eran huascaristas, partidarios de Huáscar, y por lo tanto, enemigos de Atahualpa, y como tales, se hallaban agradecidos con los españoles, a quienes veían como aliados.

De entre ellos Pizarro escogió a los más fuertes para que sirvieran de cargadores; también separó a las nativas más jóvenes y bellas, destinadas a ser las sirvientas de los españoles.

Los relatos que nos han dejado los cronistas españoles y en especial los de Pedro Pizarro, que pudo entrevistar al soberano durante su encarcelamiento, permiten conocer las fuertes emociones que sufrió tras las traumáticas situaciones del enfrentamiento en la plaza de Cajamarca.

Una vez conducido al recinto de una casa estrecha, Atahualpa había temido por su vida. Cada vez que un soldado español aparecía en el umbral de su celda, se ponía rígido ante la expectativa de un golpe fatal, pero el tiempo pasaba y nadie lo ofendía.

Finalmente apareció Pizarro y, a través de un intérprete, le dijo que se preparara para disfrutar con él de una sencilla cena. El Inca se esforzó por mantener durante toda la velada un porte lo más digno posible, respondiendo en pocas palabras a las muchas preguntas que le hacían.

Mientras tanto, estudiaba a sus interlocutores. Estando en prisión Atahualpa, recibía en visita a los curacas que le traían obsequios, en oro y plata.

El Inca se dio cuenta entonces de que esos metales preciosos tenían para los españoles otro valor, diferente, al que él y su pueblo le daban. También se dio cuenta y se convenció de que la única forma de salvarse era ofreciéndoles gran cantidad de oro y plata. Y así lo hizo. Le propuso a Francisco Pizarro que le daría, a cambio de su libertad, una sala llena, hasta donde alcanzaba su mano alzada, con diversas piezas de oro: cántaros, ollas, tejuelos, etc.

La sala, conocida ahora como el Cuarto del Rescate , medía 22 pies de largo y 17 de ancho datos de Jerez. Atahualpa prometió que cumpliría en reunir toda esa cantidad de metales preciosos en un plazo de dos meses. Pizarro, incrédulo, no había pensado en un rescate y aún estudiaba cómo sacar el mejor provecho de su prisionero real.

Evidentemente, el encarcelamiento hirió al gobernante inca y le provocó alucinaciones. Sin embargo, al ver que el Inca persistía, le siguió el juego, tal vez pensando que aunque solo obtuviera una cantidad mínima de oro, sería mejor que nada.

Para evitar dudas, Pizarro hizo venir a un notario y se estipuló un contrato en toda regla. Pizarro comenzó a tomar una serie de providencias; reforzó la seguridad de Cajamarca, con obras civiles, en las cuales trabajaron «muchos indios huascaristas».

La vigilancia se hizo permanente, por rondas, de 50 soldados de a caballo, durante el día y gran parte de la noche. Durante las madrugadas, era de de a caballo, amén de los espías, informantes y vigías de pie; indios y españoles.

El primer cargamento de oro ofrecido por Atahualpa llegó del sur y lo trajo un hermano del Inca, «trájole unas hermanas y mujeres de Atahualpa, y trajo muchas vasillas de oro; cántaros y ollas y otras piezas y mucha plata, y dijo que por el camino venía más; que como es tan larga la jornada, cansan los indios que lo traen y no pueden llegar tan aína; que cada día entrará más oro y plata de los que quedan más atrás».

Pizarro, cambiado de percepción, iba acumulando esas piezas en uno de los aposentos donde estaba Atahualpa, «hasta que cumpla su promesa». Sin embargo, los soldados españoles comenzaron a murmurar que, al ritmo que iba la recolección, no se llenarían los cuartos o galpones en el plazo fijado.

Al darse cuenta de esos comentarios, Atahualpa propuso a Pizarro que, para agilizar el acarreo del oro y la plata, enviara a sus soldados, tanto al santuario de Pachacámac , que se encontraba a «diez jornadas al sur», como a la ciudad del Cuzco, capital del Imperio, lugares que estaban repletos de esas riquezas.

Pizarro aceptó la propuesta. Mientras ocurrían los sucesos de Cajamarca, arribaron al puerto de Manta actual Ecuador seis navíos. El 20 de enero de , Pizarro recibió mensajeros enviados desde San Miguel de Tangarará, avisándole de tal arribo. Tres de las naves mayores venían de Panamá, al mando de Diego de Almagro, con hombres.

Las otras tres carabelas llegaron de Nicaragua, con 30 hombres más. En total desembarcaron hombres, además de 84 caballos, refuerzo apreciable para la empresa de la conquista.

El curaca de Tumbes entró en rebeldía, mas no levantó a su gente. Se iniciaba una nueva etapa de la conquista, que fue más de consolidación del triunfo que habían tenido en la plaza de Cajamarca y de reparto del primer botín de guerra.

A Francisco Pizarro debió preocuparle no sólo la presión de sus hombres para el reparto del oro y la plata, sino la presión que debían estar recibiendo sus socios en Panamá y Nicaragua para el pago de los fletes y demás pertrechos, para demostrar el éxito de su empresa y poder así reclutar más gente para la empresa, gente que por otro lado debía necesitar con suma urgencia, dada la escasez de hombres con que contaban.

Siguiendo el consejo de Atahualpa para apresurar la recolecta del oro y la plata, Pizarro envió a un grupo de españoles a Pachacámac, en la costa del valle de Lima; se trataba de un célebre santuario de origen preinca , sede de un oráculo de prestigio, donde iban en peregrinación los nativos.

Entre los expedicionarios se hallaba Miguel de Estete , quien escribiría una Relación de este viaje. Para que les sirvieran de guías, Atahualpa entregó a los españoles al gran sacerdote de Pachacámac y otros cuatro sacerdotes menores; también fueron en la expedición cuatro orejones o nobles incaicos.

La expedición partió de Cajamarca el 5 de enero de y siguió el camino real o Qhapaq Ñan. La primera escala importante fue Huamachuco. Luego siguieron por el Callejón de Huaylas , Huaylas , Huaraz y Recuay , bajando a la costa. Pasaron luego por la fortaleza de Paramonga , Barranca y Chancay , y entrando al valle de Lima, se detuvieron en el pueblo de Surco, antes de llegar a Pachacámac, el 2 de febrero de Llegado ante el templo principal de Pachacámac llamado Templo del Sol , que era una pirámide escalonada, Hernando exigió a los servidores del templo que le entregaran todo el oro que guardaban.

Estos le dieron una pequeña cantidad, que no contentó al español, quien ingresó al recinto sagrado y subió hasta la cima, donde se hallaba, dentro de una bóveda pequeña, el ídolo del dios Pachacámac, tallado en madera.

Viéndolo como cosa de idolatría, Hernando sacó la imagen y lo quemó, aprovechando la ocasión para adoctrinar a los pobladores en la fe cristiana. Como encontró poco metal precioso en Pachacámac, en los siguientes días, Hernando mandó mensajeros a los curacazgos aledaños, ordenándoles que trajeran todo el oro posible.

Llegaron cargamentos de distintas zonas, como de Chincha, Yauyos y Huarochirí. Los españoles reunieron un botín valorado en El 26 de febrero de , Hernando Pizarro partió de Pachacámac y se adentró en la sierra, rumbo a Jauja , pues se enteró de que allí se encontraba el general atahualpista Chalcuchímac , con gente de guerra y más oro.

Pasando por la meseta de Bombón y Tarma , Hernando llegó a Jauja, el 16 de marzo. Allí, Chalcuchímac lo recibió con grandes fiestas y comedimientos. Hernando, con astucia, convenció al general atahualpista para que lo acompañara con sus tropas a Cajamarca: "sería un deshonor que tan prestigioso general no visite a su majestad inca".

La expedición de Hernando Pizarro regresó a Cajamarca el 14 de abril de , trayendo «veintisiete cargas de oro y dos mil de plata», pero quizás lo más importante: traía como rehén al feroz Chalcuchímac, así como el conocimiento del vasto territorio en que se extendía el Tahuantinsuyo, al que pudo recorrer gracias a su maravilloso camino o Qhapaq Ñan.

Mientras tanto, el 21 de enero de , ingresó a Cajamarca otro cargamento de oro y plata, traídos por un hermano de Atahualpa.

Fueron «trescientas cargas de oro y plata en cántaros y ollas grandes y otras diversas piezas». Francisco Pizarro, desde Cajamarca, comisionó a un orejón o noble incaico posiblemente un hermano de Atahualpa , junto con los españoles Pedro Martín de Moguer, Martín Bueno y Juan de Zárate que se ofrecieron de voluntarios , para que viajaran hacia el Cuzco.

Su misión era apresurar el envío del oro y plata, tomar posesión de la capital del Imperio e informarse de su situación.

Los comisionados salieron de Cajamarca el 15 de febrero de , acompañados de negros esclavos y cientos de nativos aliados. Los españoles iban en hamacas cargadas por muchos indios y con la confianza que les inspiraba la compañía del noble incaico, que garantizaba el respeto de los nativos hacia sus personas.

Los tres españoles llegaron a Jauja, continuando a Vilcashuamán , y finalmente, tras dos semanas de viaje, avistaron la gran ciudad del Cuzco, de la que sin duda quedaron impresionados.

Fueron los primeros europeos en ver la capital de los incas. Allí se hallaba acantonado el general atahualpista Quizquiz , con tropas quiteñas que sumaban unos 30 hombres.

Este acogió amigablemente a los españoles, pues iban acompañados del orejón o noble inca, por lo que les dejó en plena libertad de actuar. Los españoles procedieron a saquear la ciudad todo lo que pudieron, llegando a deschapar las planchas de oro del templo de Coricancha.

Al descubrir el acllahuasi o casa de las vírgenes del sol, se dedicaron a violar a las doncellas. Los tres españoles retornaron a Cajamarca llevando unas arrobas de oro, no pudiendo llevar el cargamento de plata, por ser excesivo, dejándolo al cuidado de Quizquiz, que prometió guardarlo hasta la llegada de Francisco Pizarro.

Uno de esos españoles, Juan de Zárate, que era escribano, informó a Pizarro que «se había tomado posesión en nombre de su majestad en aquella ciudad del Cuzco», entre otras cosas, como el número y descripción de las ciudades existentes entre Cajamarca y el Cuzco, de la cantidad de oro y plata recogidas.

Un dato importante que informaron a Pizarro fue la presencia en el Cuzco del general Quízquiz con «treinta mil hombres de guarnición.

Atahualpa, en su prisión, se mostraba desenvuelto, alegre y conversador con los españoles, aunque sin perder nunca su solemnidad de gran monarca. Sus captores le permitieron tener todas las comodidades, siendo atendido por sus servidores y sus mujeres.

Demostraba tener una inteligencia superior. Los españoles le enseñaron a jugar ajedrez y a los dados. Atahualpa recibía todas las noches la visita de Francisco Pizarro.

Ambos cenaban y conversaban a través de un intérprete. En una de esas conversaciones, el español se enteró de que Huáscar, el hermano y rival de Atahualpa, estaba vivo y prisionero de los atahualpistas, en las cercanías del Cuzco.

Pizarro hizo prometer a Atahualpa que no mataría a su propio hermano y que lo trajese a Cajamarca sano y salvo. En efecto, Huáscar fue trasladado con dirección a Cajamarca, a través de los caminos de la cordillera, con los hombros horadados con las cuerdas que arrastraban sus custodios.

En algún momento Huáscar, ya enterado de la prisión de Atahualpa a manos de extrañas gentes, se enteró de que aquel había ofrecido un enorme tesoro en oro y plata por su libertad. Se dice que en ese momento, Huáscar dijo en voz alta que él era el verdadero dueño de todos esos metales, y que se los entregaría a los españoles para salvarse y sería Atahualpa el que fuera muerto.

Al parecer, ello llegó a oídos de Atahualpa, quien decidió entonces eliminar a Huáscar antes de que se encontrara con los españoles, enviando un mensajero con el encargo.

Los atahualpistas cumplieron la misión: arrojaron a Huáscar desde un acantilado al río Andamarca en la sierra de Áncash. Ello debió ocurrir por el mes de febrero de El 25 de marzo de , poco antes del retorno de Hernando Pizarro de Pachacámac, arribó Diego de Almagro a Cajamarca.

Traía hombres de Tierra Firme y 84 caballos, más los 30 soldados procedentes de Nicaragua que se le sumaron en la bahía de San Mateo. En total, hombres. Entre ellos estaban el tesorero Alonso de Riquelme, y dos de los Trece de la Fama, Nicolás de Ribera y Laredo y Martín de Paz.

También estaban Nicolás de Heredia , Juan de Saavedra , entre otros. Almagro y sus hombres quedaron completamente decepcionados al enterarse de que no les correspondía nada del fabuloso rescate del Inca, pues habían llegado muy tarde.

Sin embargo, se tranquilizaron en algo al saber que, en adelante, todo lo recaudado se repartiría entre todos. Pero para que ello pudiera ser viable debía morir el Inca. Mientras tanto, seguían llegando a Cajamarca los cargamentos de metales preciosos. El 28 de marzo de entró un envío de oro y plata procedente de Jauja, que traía «ciento siete cargas de oro y siete de plata.

Pizarro y los suyos, ansiosos por repartirse el rescate, no esperaron a que se llenaran las habitaciones y dispusieron el inicio de la tarea del reparto. El 13 de mayo de , se empezaron a fundir las piezas de oro y plata, labor que realizaron metalistas indígenas, de acuerdo con su método. Los tomó un mes entero en realizar la labor.

No entró en la fundición el trono o sitial que el Inca usaba cuando entró en andas en la plaza de Cajamarca, el cual era una pieza de gran valor, pues era oro de 11 quilates y pesaba 83 kilos.

Esta pieza quedó en poder de Francisco Pizarro. El 17 de junio de , culminada la fundición, Francisco Pizarro ordenó por bando el reparto del botín.

Al día siguiente presidió dicho reparto. El total de plata fundida se valorizó en «cincuenta y un mil seiscientos diez marcos. Para dar una idea de la magnitud del valor del oro, Prescott dice que «teniendo presente el mayor valor de la moneda en el siglo XVI , vendría a equivaler en el actual siglo XIX a cerca de tres millones y medio de libras esterlinas o poco menos de quince millones y medio de duros… La historia no ofrece ejemplos de semejante botín, todo en metal precioso y reducible como era a dinero constante.

En cuanto a la plata, a la Corona le tocó Pizarro, según su criterio, premió a unos con más y a otros les quitó algo. A continuación, reseñamos algunos datos tomados del acta de repartición del rescate de Atahualpa levantada por el escribano Pedro Sánchez de la Hoz.

Para el obispado de Tumbes se separó pesos de oro y 90 marcos de plata. A Pizarro, el gobernador, se le otorgaron A Hernando Pizarro le correspondió Los de infantería recibieron en total Algunos más o algunos menos; se trata solo de promedios.

También se entregó unos A pesar de que a Diego de Almagro y su hueste no le correspondía nada del rescate, Pizarro quiso mostrarse algo generoso y les otorgó Como no se pusieron de acuerdo, fue otro motivo para que ambos socios se distanciasen más, arrastrando en sus diferencias a los soldados que estaban bajo el mando de cada uno de ellos.

Pablo Macera nos da cifras calculando el peso del oro y la plata en kilogramos: «El Rescate de Atahualpa consistió en 6, kilogramos de oro y 11, kilogramos de plata.

A cada soldado a caballo le tocaba 40 kilogramos de oro y 80 kilogramos de plata. A los peones, la mitad. A los soldados con perros más que a los peones. A Pizarro 7 veces lo que a un jinete de caballo, además del trono de Atahualpa que pesaba 83 kilogramos de oro. Los sacerdotes recibieron la mitad de un peón.

Muchos españoles decidieron entonces retornar a España, con miras a disfrutar en su patria de las riquezas que habían conseguido; y así fue que unos treinta de los que participaron en la captura del Inca, colmados de oro y plata, arribaron a principios de a Sevilla. Sin embargo, no habían podido enterarse de que, por orden de Carlos I, todos sus bienes les serían confiscados apenas al desembarcar, ya que el emperador estaba reuniendo fondos para costear sus empresas de conquista en el norte de África.

Se ha dicho que fue la primera inflación de la historia del Perú. Los conquistadores pudieron hacer todo ello gracias a la cooperación prestada por los indígenas y a la tranquilidad que reinaba en el Imperio. Nada turbó la paz de los españoles: ninguno de los generales de Atahualpa, ni Rumiñahui en el norte, ni Chalcuchímac en el centro, ni Quizquiz en el sur, movilizaron sus ejércitos, posiblemente en acatamiento de lo ordenado por el Sapa Inca que esperaba confiado su libertad.

El general atahualpista se limitó a responder que todo el oro lo guardaba Quizquiz en dicha ciudad. Sufrió quemaduras en las piernas y quedó bajo la custodia de Hernando Pizarro. El 12 de junio de , Hernando Pizarro partió de Cajamarca, rumbo a España, comisionado para llevar lo que hasta ese día se había separado del Quinto Real.

Cruzando el istmo, se embarcó nuevamente, rumbo a Sevilla, España. La primera de las cuatro naos, llegó a Sevilla, el 5 de diciembre de , con los españoles Cristóbal de Mena y Juan de Sosa misionero de la Orden de La Merced ; el oro y la plata que se desembarcó de dicha nao , ascendía a El 4 de enero de , arribó y ancló en Sevilla la nao Santa María del Campo , en donde estaba embarcado Hernando Pizarro.

Desembarcó con Todo lo traído de Perú, fue depositado en la Casa de la Contratación de Indias ; de ahí fue trasladado al aposento del rey de España. Finalmente, el 3 de junio de , llegaron las otras dos naos, en donde estaban embarcados Francisco de Jerez , primer secretario del gobernador Francisco Pizarro y Francisco Rodríguez, en una y otra nao; se desembarcó de estas naos, Villanueva dice que el total desembarcado por las cuatro naos «… fue valorizado en El peso y el castellano eran monedas equivalentes; pero cada uno era igual a maravedíes.

Sólo el oro fundido convertido en barras y otros pedazos se valorizó en La plata fundida valió Uno de los acontecimientos de la conquista del Perú del cual se carece de documentación fidedigna es el proceso que se le siguió al Inca Atahualpa.

Todo indica que Pizarro nunca tuvo la intención de dejar libre al Sapa Inca. Cuando terminó el reparto del rescate, la situación de los españoles en Cajamarca se tornó espinosa para Pizarro.

Especialmente por la gente que había llegado con Almagro, que estaban ansiosos por entrar en acción y marchar al sur, hacia los territorios aún desconocidos. El carácter del Inca y su digno comportamiento, hicieron que muchos de los capitanes de Pizarro tomaran partido por su persona incluido el propio Pizarro.

De entre ellos sobresalen Hernando de Soto y Hernando Pizarro, que se opusieron tenazmente a la muerte del Atahualpa. En especial, se resalta la amistad que trabó Hernando Pizarro con el Inca. En cuanto a Soto, se dice que quería que Atahualpa fuera llevado a España.

Tuvo que intervenir el mismo Pizarro para obligar a Felipillo a desistir de sus pretensiones. El intérprete se vengó del Inca transmitiendo noticias alarmantes a los españoles, fingiendo que aquel preparaba su fuga en connivencia con sus generales y planeaba la muerte de todos los cristianos.

Pizarro solo habría fallado por la ejecución por presión de sus socios almagristas que argumentaban que más importaba la seguridad de la empresa ya que los soldados españoles no tendrían posibilidad de ganarle al ejército incaico, en caso volviera la hostilidad , mientras que los pizarristas eran más partidarios de enviar a Atahualpa a España a entablar relaciones con Carlos I de España mientras la facción almagrista rechazo tal opción arguyendo falta de tiempo, influyendo en que Francisco Pizarro se deshiciera de los defensores de Atahualpa para evitar una guerra civil entre españoles.

Francisco Pizarro utilizó una vez más la astucia, urdiendo todo un esquema para deshacerse de Atahualpa. Su hermano Hernando ya estaba lejos, comisionado para llevar el Quinto Real a España.

Solo quedaba Hernando de Soto como único opositor prominente de la muerte del Inca. Pizarro, aprovechando las denuncias formuladas contra el Inca, en el sentido de que estaba en secretas connivencias con sus capitanes para atacar a los españoles por sorpresa, despachó a Hernando de Soto con una fuerte dotación hacia Huamachuco, a fin de comprobar y batir si era preciso a los nativos que se hallaran en pie de guerra.

Apartado así Soto, Pizarro hizo abrir un proceso al Inca con la finalidad de justificar la sentencia de muerte que le tenía reservada. El tribunal que juzgó a Atahualpa fue un consejo de guerra. Lo presidió el mismo Francisco Pizarro. También es probable que lo conformasen el tesorero Alonso de Riquelme, el alcalde mayor Juan de Porras, el fraile Vicente de Valverde y algunos capitanes como Diego de Almagro , Pedro de Candía , Juan Pizarro y Cristóbal de Mena.

También se nombraron un fiscal, un defensor del reo y se citaron diez testigos. El juicio fue sumario y se realizó en Cajamarca, iniciándose el 25 de julio de , y culminando al amanecer siguiente. Vargas Ugarte dice que sobre el proceso, «no conocemos ni ha llegado a nuestras manos y por lo tanto, sobre el mismo no existen sino conjeturas».

Agrega que las famosas preguntas del proceso mencionadas en la Historia General del Perú Libro 1, capítulo 37 del Inca Garcilaso de la Vega , «o fueron un amaño del Inca Historiador, bastante propenso a tejer estas marañas, o bien, se las sugirió a él, o a alguno de los cronistas de entonces los partidos del Cuzco que, en el hermano de Huáscar no veían sino un usurpador sanguinario».

Atahualpa fue hallado culpable de idolatría, herejía, regicidio, fratricidio, traición, poligamia e incesto y fue condenado a morir quemado en la hoguera.

La sentencia se dio el 26 de julio de y para ese mismo día se programó la ejecución de la misma. Atahualpa rechazó todas las acusaciones y solicitó hablar en privado con Pizarro, pero este se negó. A las 7 de la noche Atahualpa fue sacado de su celda y llevado al centro de la plaza, donde se hallaba clavado un tronco.

Allí, rodeado de los soldados españoles que portaban antorchas y del cura Valverde, fue puesto de espaldas al tronco y luego atado fuertemente, mientras que a sus pies eran arrimados leños.

Un español se acercó con una tea encendida. Viendo que iba a ser quemado, Atahualpa entabló un diálogo con Valverde. Preocupado por el hecho de que su cuerpo fuera consumido por las llamas y no conservado como se estilaba entre los incas, aceptó la oferta que Valverde le hizo, es decir, bautizarse como cristiano para de esa manera cambiar la pena de hoguera por la del garrote ahorcamiento ; de esa manera su cuerpo sería enterrado.

Luego se le enrolló una soga al cuello ajustándola al tronco, y aplicando un torniquete, se procedió a su estrangulamiento 26 de julio de Ha habido mucha discusión sobre la fecha de este acontecimiento.

Prescott menciona el 29 de agosto como la fecha de la ejecución del Inca. Lo que, haciendo cuentas, nos da la fecha de 26 de julio de

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El Valle Sagrado de los Incas nos recibe este día. Nuestra primera parada será el pueblo inca de Pisac, uno de los sitios arqueológicos más bellos del Valle Sagrado. Desde la cima de la montaña se domina el pueblo colonial de Pisac.

Recorrido a pie por el pueblo colonial. Tiempo para hacer compras en los talleres de los artesanos. Luego, nos dirigiremos al Museo Inkariy para recorrer las diversas salas donde se exhiben representaciones de las culturas prehispánicas del antiguo Perú. Visitaremos el Centro de Cultura Viva de Yucay, complejo turístico donde pobladores locales nos mostrarán sus técnicas de tejido y teñido de textiles tradicionales, fabricación de adobes, preparación de la chicha tradicional, bebida de maíz, y tener un encuentro cercano con los camélidos andinos: llamas y alpacas.

Pernocte en la zona. Recorreremos los lugares más recónditos del Valle Sagrado. Iniciaremos en Moray, donde la vista es impresionante gracias a colosales terrazas concéntricas simulando un gran anfiteatro. Su utilidad: recrear 20 diferentes tipos de microclimas, medición que aseguraba la producción agrícola del imperio.

Después del almuerzo, seguiremos hasta Maras, las famosas y milenarias minas de sal de la época colonial. El contraste de sus pozos blancos con el verde valle es imponente e imperdible para una postal espectacular del Valle Sagrado de los Incas. Por la tarde, visita al complejo arqueológico de Ollantaytambo, donde se puede ver la técnica con que los incas trabajan la piedra.

A continuación, partiremos en tren desde la estación de Ollantaytambo. Llegaremos a la estación de Aguas Calientes, donde nuestro personal nos asistirá para alojarnos en uno de los hoteles de Aguas Calientes. Alojamiento en Hotel Ferré Machupicchu o similar.

El día esperado para conocer una de las 7 Maravillas del Mundo. Embarque en la estación de Ollantaytambo. Salida en tren seleccionado. Arribo a la estación de Machu Picchu. Asistencia de nuestro personal para abordar el bus que ascenderá por un camino sinuoso, con una espectacular vista del río Urubamba y da forma a un profundo cañón.

La Ciudad Perdida de los Incas, Machu Picchu, nos recibirá con sus increíbles terrazas, escalinatas, recintos ceremoniales y áreas urbanas. La energía emana de todo el lugar. A la hora coordinada, retorno en tren y trasladado al hotel en Cusco. Traslado al aeropuerto para nuestra salida a Lima.

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Todas las entradas a los atractivos descritos. Boleto de tren de ida y vuelta a Machu Picchu según categoría seleccionada. Visitas en compartido con guías en bilingüe español e inglés.

Desayunos diarios. Toggle navigation. Gran Expedición Inca 15 días Consultar. Día 1 Lima. Día 2 Lima. Día 3 Lima - Enigmas de las Pampas de Nasca. Día 4 Reserva Nacional de Paracas.

Día 5 Lima - Arequipa. Día 6 Arequipa - Ruta de los volcanes, Pampa Cañahuas y Chivay. Día 7 Cañón del Colca, Mirador de la Cruz del Cóndor - Puno. Día 8 Lago Sagrado Titicaca y sus islas.

Día 9 Ruta del Altiplano. Día 10 Cuzco. Día 11 Cusco - Valle Sagrado. Día 12 Valle Sagrado - Machu Picchu. Día 13 Machu Picchu - Cusco. Día 14 Cusco - Lima. Día 15 Lima. Experiencia Andina. Gran Expedición Inca. Lineas de Nazca y Machu Picchu MGTPAC. Maravillas del Sur de Peru. Peru - Bolivia y Chile.

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El joven Gaspar Masso -narrador y protagonista de esta novela- está decidido a labrarse un camino lejos de la tutela parental y resuelve marcharse a los Estados Unidos donde, a duras penas, sigue estudios de Arqueología y luego una maestría en Español. Un puesto como profesor en la enseñanza media en Burlington, Vermont, es la opaca coronación de sus afanes.

Pero Gaspar también siente atracción por el mundo de los minerales, que aprendió de su padre, el médico y hacendado iqueño de quien ha heredado el nombre. El doctor Masso -a quien su hijo evoca como un explorador y un trotamontañas- es un apasionado del reino mineral que soñó con explotar, muchos años atrás, Inca Dormido, un socavón en las alturas de Huancavelica que resultó infecundo.

Impelido por las remembranzas y también, por las urgencias económicas, Gaspar se muda a Highgate, un pueblo en el extremo norte del estado, donde abre una tienda de piedras mágicas. Un buen día su rutina se ve trastocada por la aparición de Crystal, una joven encantadora que tiene la facultad de comunicarse con periespíritus.

Luis Hernán Castañeda nos conduce en esta, su décima entrega, por el universo fascinante de quienes horadan las montañas en pos de tesoros minerales. Explora, también, el conflicto entre un padre autoritario y un hijo que se resiste a ser un duendecillo más en el mundo de muquis habitado por aquel.

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Sin saberlo, el fantasmal cortejo se dirige hacia la fuente de energía, acaso mística, que emana de lo eterno. Esta web utiliza cookies propias y de terceros que permiten al usuario la navegación a través de una página web técnicas , para el seguimiento y análisis estadístico del comportamiento de los usuarios analíticas , que permiten la gestión de los espacios publicitarios que, en su caso, el editor haya incluido en una página publicitarias y cookies que almacenan información del comportamiento de los usuarios obtenida a través de la observación continuada de sus hábitos de navegación.

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Expedición Inca

Author: Kat

2 thoughts on “Expedición Inca

  1. Ich entschuldige mich, aber meiner Meinung nach irren Sie sich. Geben Sie wir werden besprechen.

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